COMUNION-CATÓLICA

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Cantar de los Cantares

texto para orar sobre Cantar de los Cantares, para meditar en la oración personal , para acercarnos más y más al Amado de nuestra alma

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COMENTARIO AL CANTAR DE LOS CANTARES
XXXI
José Fernando Rey Ballesteros, pbro. Tambien escribio LAS SIETE PALABRAS DESDE LA CRUZ

EL NOVIO
Tu cabeza sobre ti, como el Carmelo,
y tu melena, como la púrpura;
¡un rey en esas trenzas está preso!
¡Qué bella eres, qué encantadora, oh amor, oh delicias!
Tu talle se parece a la palmera, tus pechos, a los racimos.
(Ct 7, 6-8)

Tu cabeza, sobre ti, como el Carmelo. Allí, en el Monte Carmelo, Elías ofreció el sacrificio agradable a Yahweh y quedaron confundidos los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal que ofrecían sus sacrificios a los ídolos (cf. 1Re 18, 29-40). Y fue el Carmelo, entonces, figura y anuncio del Monte Calvario, donde Yo ofrecí el sacrificio de mi Cuerpo y de mi Sangre, Sacrificio de obediencia que agradó a mi Padre, mientras Caifás y los suyos ofrecían sus vidas en sacrificio al ídolo de su ambición.

"Quiero que sepáis que la cabeza de todo hombre es Cristo" (1Cor 11, 13). Hoy, amada mía, tu Cabeza soy Yo. Y Yo soy para ti como el Carmelo, es decir, como el Calvario. Sobre el Calvario ofrecí Yo mi Vida al Padre, y sobre Mí has de ofrecerla tú, porque he sido constituido altar para ti. Todo cuanto ofrezcas fuera de Mí se perderá, y cuanto ofrezcas unido a mi Sangre, por poco que sea, quedará consagrado y redimirá a todas las almas. No busques, paloma mía, otros altares sobre los que ofrecer el sacrificio de tu vida. No pienses que Dios va a escucharte porque le grites desde lo alto o desde lo profundo. Has de gritarle desde Mí, participe de mi Espíritu por la gracia y asociada a mis llagas en la Cruz. Yo soy el altar sobre el que depositas tu ofrenda; Yo soy tu Cabeza; Yo soy tu Carmelo.

Y tu melena, como la púrpura. Del mismo modo que los cabellos se derraman sobre el cuerpo, manando desde la cabeza, así mi Sangre se derrama constantemente sobre ti. Yo soy tu Cabeza, y tú mi cuerpo; mi Sangre es tu melena, y por eso digo que es como la púrpura.

Debes tener, reina mía, una tierna y ferviente devoción a mi Preciosa Sangre. Ella limpia tus pecados, Ella infunde en tu alma la Vida Divina, Ella es tu alimento en la Eucaristía, y Ella es el signo en los umbrales de tus puertas que impide la entrada del Maligno en tu casa. Con mi Sangre te he comprado para Dios, con Ella te he sellado y te he marcado para siempre.

Estaba escrito, acerca del Nazir o consagrado, que no debería dejar que la navaja cruzase su cabeza (cf. Nm 6, 5). Por eso Sansón, que era Nazir, perdió su fuerza cuando Dalila cortó sus cabellos (cf. Jc 16, 9). Mira tú y aprende, amada mía, dónde reside tu poder. Porque en mi Sangre has sido consagrada, y Ella te mantiene en pie hasta la Vida Eterna. Pero si tus cabellos fueran cortados; si apartases de ti mi sangre y huyeses de Mí por el pecado, volverías a quedarte sola y morirías. No quieras, jamás, cortar tus cabellos; no quieras vivir lejos del manantial que salva, porque entonces perecerás en tus culpas.

¡Un rey en esas trenzas está preso! Las trenzas que acarician tus hombros, y que son el torrente de mi Sangre derramado sobre ti, representan a los siete sacramentos.

Mírame ahora en ellos, oveja por quien di la Vida, y dime si no entiendes que el Amor me ha llevado a estar preso por ti. Mírame en el Sagrario, cuando el sacerdote, como resignado y amante carcelero, cierra con llave las puertas y me deja entre esas paredes para que allí espere tu visita. Pasan las horas, y apenas nadie viene a verme. Las noches transcurren en la soledad más completa, y durante el día aguardo con impaciencia tu visita, que muchas veces es breve y otras veces no es. ¿Es que no vas a acordarte con más frecuencia de este Preso que está en la cárcel para que tú seas libre? ¿Es que no vas a menguar mi soledad arrodillándote ante las rejas y pasando unos minutos a mi lado cada día?

Mírame en el Sacramento del Perdón: Preso en las manos del sacerdote, espero a que te acerques con el corazón contrito. Y, cuando al fin lo haces; cuando te postras y me pides clemencia, las puertas de esas manos se abren y con prisa salgo a través de ellas para entrar en ti y limpiar tus culpas.

Mírame, al fin, en tu alma... ¿Acaso no estoy allí Preso, sin querer salir porque te amo? No me iré, amada mía. No me iré si tú no me arrojas lejos de ti.

¡Qué bella eres, qué encantadora! ¡Oh, amor! ¡Oh, delicias! Ni tú misma sabes, alma en gracia, lo hermosa que eres. Quizá sea mejor así... Puede que, si lo supieses, pagada de tu belleza cayeras en vanidad y lo perdieses todo. Además, tampoco en mi Misericordia he permitido que conozcas la fealdad de tu pecado, para que no desesperes. De este modo, tanto la belleza de la gracia con que te he adornado como la fealdad del pecado que cometiste te están veladas, a no ser en la pequeña medida que puedes soportar.

Sin embargo, aunque no conozcas tu hermosura hasta que llegues al Cielo, piensa y medita, amada mía, que soy Yo, todo un Dios, quien ha caído rendido en Amores por ti. Hoy quiero que sepas que eres hermosa, y que tu belleza tiene admirados a los ángeles del Cielo, quienes no pueden comer mi Cuerpo como tú lo comes. No olvides que he sido Yo quien ha traído el brillo a tu rostro, quien ha puesto la diadema en tus cabellos, quien ha cubierto tus brazos de pulseras y ha adornado tu faz con pendientes. Si los hombres te alaban, si te felicitan y te rinden parabienes, no vayas a engreírte como si fueras tú quien se adornó o fueran mérito tuyo tus encantos. Baja la cabeza y reconoce que soy Yo quien lo ha hecho.

Sobre todo, pequeña oveja de mi rebaño, ten cuidado no vayas a caer en la tentación de entregarle tus encantos a criatura alguna... Recuerda que son nuestros tesoros, tuyos y míos; tuyos porque te los di, y míos porque de mí proceden. El Maligno quiere arrebatártelos, y a cambio te ofrece los bienes de este mundo. Dime, hermosa mía, ¿cambiarás la Vida Eterna por piedras que se disuelven en arena, por hierba que se seca, por agua que corre y después se evapora para dejar vacío el estanque del alma?

Tu talle se parece a la palmera, tus pechos, a los racimos. Ya explicamos, al comentar el versículo 5, 11, cómo la palmera fue el árbol que anunció a los hebreos su llegada a la tierra prometida. Entonces contemplábamos en aquel árbol el anuncio del Árbol de la Cruz, puerta de entrada a la Vida Eterna.

Ahora es el Novio quien habla. Y Cristo, complaciéndose en su Esposa, la Iglesia, ve en su talle la prolongación del mismo Árbol de la Cruz sobre el que Él nos alcanzó la salvación. No es otra cosa la Iglesia sino eso: la Cruz de Cristo clavada en la entraña de la Historia, según lo que dijo San Pablo: "completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia" (Col 1, 24). La llama también palmera, porque el árbol de la Iglesia es el anuncio y la pregustación en la tierra del Paraíso Celeste.

En cuanto a los pechos de la Iglesia, llamados racimos, es claro que se refiere el Novio a los sacramentos. Ellos son los pechos en los cuales la Esposa de Cristo alimenta a sus pequeños, que somos nosotros. Hablando de ellos, dijo San Pedro: "como niños recién nacidos, apeteced la leche espiritual pura, no adulterada, para crecer con ella sanos" (1Pe 2, 2).

XXIX

EL CORO

¡Vuelve, vuelve, Sulamita, vuelve, vuelve, que te miremos!
¿Por qué miráis a la Sulamita,
como en una danza de dos coros?
EL NOVIO
¡Qué lindos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe!
Las curvas de tus caderas son como collares,
obra de manos de artista.

(Ct 7, 1-2)

¡Vuelve, vuelve, Sulamita, vuelve, vuelve, que te miremos! La palabra Sulamita tiene un doble significado: por un lado, está emparentada con "shalom", que significa "paz": Sulamita sería la mujer de paz. Por otro lado, parece referirse a la mujer sunamita de que habla el primer Libro de los Reyes (1Re 1, 2-3): siendo el Rey David anciano, esta mujer virgen lo acompañó en el lecho y le dio calor, aliviando así su soledad y su tristeza. El Rey no la conoció carnalmente, y por eso sabemos que la compañía que la mujer le prestó y el cariño que el Rey le profesó a ella nos hablaban de otra compañía, otro cariño, otro Rey y otra vejez a quienes, sin saberlo, aquellos dos hijos de Adán clamaban en el lenguaje de las profecías.

En todo caso, y para nosotros, esta sulamita es el alma en gracia y es también la Iglesia. Si nos atenemos al primer sentido de la palabra, diremos que el alma del hombre, extranjera por sus pecados como aquella sulamita, ha sido regenerada por Cristo en la Cruz y es, ahora, templo de Paz. Poco antes de morir, el Señor dijo a los suyos: "La paz os dejo, mi paz os doy. No os la doy yo como la da el mundo" (Jn 14, 27). Ahora, purificada en las aguas de la muerte del Hijo de Dios, el alma ha visto cumplida en ella las palabras de esta profecía, y está llena de gracia, que es lo mismo que decir que está llena de paz. La gracia de Dios es la paz de cristiano, y por eso se nos dice que no da Dios la paz como la da el mundo. Esta paz no consiste en el alejamiento de todos los dolores, sino en la perfecta alegría del corazón en medio de muchas dificultades.

Si nos atenemos al segundo sentido de la palabra Sulamita, tendremos que ser muy cautelosos para contemplar la profecía a tal altura que quede libre de todo significado carnal. El Rey David anunciaba a Cristo, el Mesías Rey de Israel, y, en su vejez, fue imagen de Jesús Crucificado. Era, entonces, el Rey herido y maltrecho que, sin fuerzas físicas para gobernar a su Pueblo, lo pastoreaba por la ofrenda de su cuerpo en favor de los suyos. El tálamo del Rey, ese tálamo donde yacía solitario aquél a quien, durante su juventud, nunca faltó el amor, anunciaba para nosotros la Cruz: en la Cruz yació solitario Aquél a quien, durante su vida pública, multitudes aclamaron y acompañaron hasta el punto de pisarse unos a otros. Ahora, sin embargo, cubierto con la vejez de nuestros pecados, yace solo en la Cruz... Una extranjera, un alma que viene del pecado pero que es virgen porque habita en ella el Amor de Dios, se acerca a la Cruz y allí acompaña al Señor: comparte sus dolores, comparte su Vida y su Muerte, y con Él se ofrece por la redención de todos los hombres. En el tálamo de la Cruz es conocida, pero no al modo carnal, porque estos grandes amores no pueden expresarse por el estrecho vínculo de la carne. Es conocida según el Espíritu, porque Jesús Crucificado derrama en ella la Sangre y el Agua que brotan de su Divino Costado y con ellas la fecunda... ¡He ahí el alma en gracia, consuelo del Señor!

El coro de los ángeles y los santos del cielo la llaman: ¡Vuelve, vuelve que te miremos!... Como ella todavía peregrina en la tierra, es invitada por ellos a poner su mirada en el Cielo. Pero, más aún, la invitación de los bienaventurados está movida también por el deseo que tienen de complacerse en el alma llena de Dios. Por eso le dicen ... Que te miremos. Los santos y los ángeles del Cielo se recrean contemplando a las almas en gracia, donde encuentran la mayor belleza que puede albergar esta tierra.

¿Por qué miráis a la Sulamita como en una danza de dos coros? Al igual que en una danza de dos coros se miran el uno a otro invitándose a bailar, así se miran los santos y ángeles del cielo y las almas en gracias, invitándose a danzar para alegrar a Dios. Danzar es entregar la vida haciendo en cada momento lo que Dios quiere. Del mismo modo que, en el baile, los movimientos corporales se acompasan con la música, así la vida del santo se acompasa en todo con la Voluntad de su Señor, y por eso decimos que baila entregando su cuerpo y su alma en armonía perfecta con su Creador.

En esta danza de dos coros, el Cielo y la Tierra se miran y se invitan. Miran los santos y ángeles a las almas en gracia para invitarlas ser fieles, a cumplir siempre y en todo los designios de Dios. Y miran las almas en gracia a los ángeles y santos del Cielo para implorar de ellos oraciones y súplicas que los auxilien en la vida presente. He aquí la danza de dos coros a que hace referencia el Cantar.

¡Qué lindos son tus pies en las sandalias, hija de príncipe! Antes, Sulamita, andaban tus pies llenos del barro de la tierra, y así llegaste hasta Mí en tu pecado. Eras esclava de este mundo, y no podían tus plantas despegarse del suelo, como si al suelo pertenecieras para siempre según la maldición que recibieron tus padres: "hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado" (Gén 3, 19).

Por eso, Sulamita, cuando te acercaste a Mí me incliné ante ti y con mis manos lavé tus pies (cf. Jn 13). Primero, como a Moisés, te pedí que te quitases las sandalias que llevabas, pues te acercabas a Tierra Sagrada. Esas sandalias eran tus apegos terrenos, por los que tu corazón se había adherido a cosas y personas de este mundo. Una vez te despojaste de ellas, lavé tus pies con mi Sangre, y ahora en puesto en ellos sandalias nuevas, hechas de oración. Por la oración pisas la tierra sin mancharte, despegada de ella aunque en ella entregada. Por la oración caminas por este mundo como un ángel del cielo, amando a los hombres como Yo los amo, y sin que tu corazón se adhiera a ninguno de ellos, sino a Mí, que soy tu Dueño.

Te llamo hija de Príncipe, y el Príncipe soy yo. Pues, si eres mi esposa, eres también mi hija, ya que has nacido de mi Costado, como fruto de mis bodas con tu Madre la Iglesia. Por eso ahora te invoco como hija de Príncipe...

Las curvas de tus caderas son como collares, obra de manos de artista. Eran tus caderas estériles cuando te acercaste a mí, Sulamita. A través de ellas no podía pasar fruto alguno de tu vientre, porque el pecado había cerrado tus entrañas para que no dieses a luz criatura alguna. Tan estrecha era tu vida, cercada por los bienes de este mundo, como tus caderas... ¿Cómo pasaría a través de ella el fruto de las obras de santidad?

Por eso, cuando te acercaste a mí sané tu vientre y ensanché tus caderas, para que pudieses dar a luz al hombre nuevo, nacido a la gracia. Cumplí en ti el salmo donde está escrito: "a la estéril le da un puesto en la casa, como madre feliz de hijos" (Sal 113, 9).

Ahora, Sulamita, tus caderas son hermosas como collares, porque Yo, el Artista que formé cielos y tierra, te he roto como el alfarero rompe la vasija de barro y te he vuelto a formar según mi gracia. Hoy pasan a través de tus caderas, como fruto de tu vientre, obras santas que merecen la salvación para ti y para todos los hombres. Aún las das a luz con dolor, porque vives en esta tierra y con dolor te di Yo a luz también aquí. Pero alégrate, Sulamita, que un día comparecerás ante mí y podrás decirme: "Aquí estoy yo, con los hijos que Dios me ha dado" (Heb 2, 13).

José - Fernando Rey Ballesteros, pbro.

Cantar de
los Cantares

El "Cantar de los Cantares" de Salomón, ¡el canto por excelencia!, es un poema de amor que cuenta los gozos y penas de dos enamorados, ¡de ti y de Dios!... se juntan y pierden, se buscan y encuentran; y en el proceso tu alma crece en el amor, se transforma, purifica y madura en el amor...

¡Dios está enamorado de ti!... ¡déjate querer!... te quiere tal como eres, con tus borracheras y tus soberbias... pero te quiere demasiado para dejarte tal como estás...

En las biblias viene después del libro de "vanidad de vanidades", porque todo es vanidad debajo del Sol, ¡del Señor!... pero cuando se está en el Sol, la vida se convierte en amor, ¡en el Cantar de los Cantares!.

Algunos rabinos piensan que de los 4 libros de Salomón, "Proverbios" es para rezarlo en el patio exterior del Templo; "Eclesiastés", en el patio interior; el "Cantar", en el lugar Santo; y "Sabiduría" en el Santo de los Santos.
Cantar de los Cantares

El misterio que Dios esconde en los amores entre esposo y esposa, y que presenta como figura en este divino Poema, no ha sido penetrado todavía en forma que permita explicar satisfactoriamente el sentido propio de todos sus detalles. El breve libro es sin duda el más hondo arcano de la Biblia, más aún que el Apocalipsis, pues en éste, cuyo nombre significa revelación, se nos comunica abiertamente que el asunto central de su profecía es la Parusía de Cristo y los acontecimientos que acompañarán aquel supremo día del Señor en que El se nos revelará para que lo veamos "cara a cara". Aquí, en cambio, se trata de una gran Parábola o alegoría en la cual, excluida como se debe la interpretación mal llamada histórica, que quisiera ver en ella un epitalamio vulgar y sensual, aplicándolo a Salomón y la princesa de Egipto, no tenemos casi referencias concretas, salvo alguna (cf. 6, 4 y nota), que permite con bastante firmeza ver en la Amada a Israel, esposa de Yahveh.

La diversidad casi incontable de las conclusiones propuestas por los que han investigado el sentido propio del Cántico, basta para mostrar que la verdad total no ha sido descubierta. No sabemos con certeza si el Esposo es uno solo, o si hay varios, que podrían ser un rey y un pastor como pretendientes de Israel (Vaccari), o podrían ser, paralelamente, Yahveh (el Padre) como Esposo de Israel, y Jesucristo como Esposo de la Iglesia ya preparada para las bodas del Cordero que veremos en Apoc. 19, 6-9. Ignoramos también qué ciudad es ésa en que la Esposa sale por dos veces a buscar al Amado. Ignoramos principalmente cuál es el tiempo en que ocurre u ocurrirá la acción del pequeño gran drama, y ni siquiera podemos afirmar en todos los casos (pues las opiniones también varían en esto) cual de los personajes es el que habla en cada momento del diálogo.

En tal situación, después de mucho meditar, hemos llegado a la conclusión de que es forzoso ser muy parco en afirmaciones con respecto al Cantar. Porque no está al alcance del hombre explicar los misterios que Dios no ha aclarado aún a la Iglesia, y sería vano estrujar el entendimiento para querer penetrar, a fuerza de inteligencia pura, lo que Dios se complace en revelar a los pequeños. Sería, en cambio, tremenda responsabilidad delante de El, aseverar como verdades reveladas lo que no fuese sino producto de nuestra imaginación o de nuestro deseo, como lo hicieron esos falsos profetas tantas veces fustigados por Jeremías y otros videntes de Dios.

Como enseña el Eclesiástico (cf. 39, 1 ss. y nota), nada es más propio del verdadero sabio según Dios, que investigar las profecías y el sentido oculto de las parábolas: tal es la parte de María, que Jesús declaró ser la mejor. Pero esa misma palabra de Dios, cuya meditación ha de ocuparnos "día y noche" (S. 1, 2), nos hace saber que hay cosas que sólo se entenderán al fin de los tiempos (Jer. 30, 24). El mismo Jeremías, refiriéndose a estos misterios y a la imprudencia de querer explicarlos antes de tiempo, dice: "Al fin de los tiempos conoceréis sus designios" (de Dios). Y agrega inmediatamente, cediendo la palabra al mismo Dios: "Yo no enviaba a esos profetas, y ellos corrían. No les hablaba, y ellos profetizaban" (Jer. 23, 20-21). En Daniel encontramos sobre esto una notable confirmación. Después de revelársele, por medio del Angel Gabriel, maravillosos arcanos sobre los últimos tiempos, entre los cuales vemos la grande hazaña de San Miguel Arcángel defensor de Israel (Dan. 12, 1; cf. Apoc. 12, 7), se le dice: "Pero tú, oh Daniel, ten en secreto estas palabras y sella el Libro hasta el tiempo del fin" (Dan. 12, 4). Y como el Profeta insistiese en querer descubrirlo, tornó a decir el Angel: "Anda, Daniel, que esas cosas están cerradas y selladas hasta el tiempo del fin" (ibid. 9). Entonces "ninguno de los malvados entenderá, pero los que tienen entendimiento comprenderán" (ibid. 100. Finalmente, vemos que aún en la profecía del Apocalipsis, cuyas palabras se le prohibió sellar a San Juan (Apoc. 22, 10), hay sin embargo un misterio, el de los siete truenos, cuyas voces le fue vedado revelar (Apoc. 10, 4).

Nuestra actitud, pues, ha de ser la que enseña el Espíritu Santo al final del mismo Apocalipsis, fulminando terribles plagas sobre los que pretendan añadir algo a sus palabras, y amenazando luego con excluir del Libro de la vida y de todas las bendiciones anunciadas por el vidente de Patmos, a los que disminuyan las palabras de su profecía (Apoc. 22, 18 s.).

El criterio expuesto así, a la luz de la misma Escritura, nos muestra desde luego que, si es hermoso aplicar a la Virgen María, como hace la liturgia, los elogios más ditirámbicos que recibe la Esposa del Cantar, pues, que ciertamente nadie pudo ni podrá merecerlos más que Aquélla a quien el Angel declaró bendita entre las mujeres, no es menos cierto que hemos de evitar la tentación de generalizar y ver en María a la protagonista del Cántico, incluso en aquella incidencia del cap. 5 en que la Esposa rehusa abrir la puerta al Esposo por no ensuciarse los pies. Semejante infidelidad jamás podría atribuirse a la Virgen Inmaculada, ni aun cuando en esa escena se tratase de un sueño, como algunos interpretan. Basta recordar la actitud de María ante la Anunciación del Angel, en la cual, si bien Ella afirma su voto de virginidad, en manera alguna cierra la puerta a la Encarnación del Verbo; antes por el contrario, Cristo, lejos de sentirse rechazado como el Esposo del Cantar, realiza el estupendo prodigio de penetrar virginalmente en el huerto cerrado del seno maternal. Y es por igual razón que esa falla de la Esposa no puede atribuirse tampoco a la Iglesia cristiana como esposa del Cordero, así como también resultan inaplicables a ella los caracteres de esposa repudiada y perdonada, con que los profetas señalan repetidamente a Israel (Is. 54, 1 y nota).

De ahí que, por eliminación -y sin perjuicio de las preciosas aplicaciones místicas al alma cristiana, las cuales, como bien observa Joüon, en ningún caso pretenden ser una interpretación del sentido propio del poema bíblico- hemos de inclinarnos en general a admitir en él, como han hecho los más autorizados comentadores antiguos y modernos, lo que se llama la alegoría yahvística, o sea los amores nupciales entre Dios e Israel, a la luz del misterio mesiánico, a pesar de que tampoco en ella nos es posible descubrir en detalle el significado propio de cada uno de los episodios de este divino Epitalamio. "A esta sentencia fundamental (sobre Israel) nos debemos atener", dice en su introducción al poema la Biblia española de Nácar-Colunga, y agrega inmediatamente: "Pero admitido este principio, una duda salta a la vista. Los historiadores sagrados y los profetas están concordes en pintarnos a Israel como infiel a su Esposo y manchada de infinitos adulterios; lo cual no está conforme con el Cántico, donde la Esposa aparece siempre enamorada de su Esposo, y además, toda hermosa o pura. La solución a esta dificultad nos la ofrecen los mismos profetas cuando al Israel histórico oponen el Israel de la época mesiánica, purificado de sus pecados y vuelto de todo corazón a su Dios. Las relaciones rotas por el pecado de idolatría se reanudan para siempre. Es preciso, pues, decir que el Cántico celebra los amores de Yahvé y de Israel en la edad mesiánica, que es el objeto de los deseos de los profetas y justos del Antiguo Testamento. En torno a esta imagen del matrimonio, usada por los profetas, reúne el sabio todas las promesas contenidas en los escritos proféticos" (cf. Ex. 34, 16; Núm. 14, 34; Is. 54, 4 ss.; 62, 4 ss.; Os. 1, 2; 2, 4 y 19; 6, 10; Jer. 2, 2; 3, 1 y 2; 3, 14; Ez. 16).

El Sumo Pontífice Pío XII, en su importantísima Encíclica "Divino Afflante Spiritu", sobre los estudios bíblicos alude expresamente a las dificultades de interpretación que dejamos planteadas, al decir que "no pocas cosas... apenas fueron explicadas por los expositores de los pasados siglos"; que "entre las muchas cosas que se proponen en los Libros sagrados, legales, históricos, sapienciales y proféticos, sólo muy pocas hay cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquellas en las que sea unánime la sentencia de los Santos Padres" y que "si la deseada solución se retarda por largo tiempo, y el éxito feliz no nos sonríe a nosotros, sino que acaso se relega a que lo alcancen los venideros, nadie por eso se incomode... siendo así que a veces se trata de cosas oscuras y demasiado lejanamente remotas de nuestros tiempos y de nuestra experiencia".

Entretanto, y a pesar de nuestra ignorancia actual para fijar con certeza el sentido propio de todos sus detalles, el divino poema nos es de utilidad sin límites para nuestra vida espiritual, pues nos lleva a creer en el más precioso y santificador de los dogmas: el amor que Dios nos tiene, según esa inmensa verdad sobrenatural que expresó, a manera de testamento espiritual, el Beato Pedro Julián Eymard: "La fe en el amor de Dios es la que hace amar a Dios".

No puede haber la menor duda de que sea lícito a cada alma creyente recoger para sí misma las encendidas palabras de amor que el Esposo dirige a la Esposa. El Cantar es, en tal sentido, una celestial maravilla para hacernos descubrir y llevarnos a lo que más nos interesa, es decir, a creer en el amor con que somos amados. El que es capaz de hacerse bastante pequeño para aceptar, como dicho a sí mismo por Jesús, lo que el Amado dice a la Amada, siente la necesidad de responderle a El con palabras de amor, y de fe, y de entrega ansiosa, que la Amada dirige al amado. Felices aquellos que exploten este sublime instrumento, que es a un tiempo poético y profético, como los Salmos de David, y en el cual se juntan, de un modo casi sensible, la belleza y la piedad, el amor y la esperanza, la felicidad y la santidad. ¡Y felices también nosotros si conseguimos darlo en forma que pueda ser de veras aprovechado por las almas!

El título "Cantar de los Cantares" (en hebreo Schir Haschirim) equivale, en el lenguaje bíblico, a un superlativo como "vanidad de vanidades" (Eclesiastés 1, 2), Rey de Reyes y Señor de Señores" (Apoc. 19, 16), etc., y quiere decir que esta canción es superior a todas. "El Alto Canto" se le llama en alemán; en italiano "La Cántica" por antonomasia, etc. Efectivamente el "Cantar de los Cantares" ha ocupado y sigue ocupando el primer lugar en la literatura mística de todos los siglos.

Poema todo oriental, no puede juzgárselo, como bien dice Vigouroux, según las reglas puestas por los griegos, como son las nuestras. Tiene unidad, pero "entendida a la manera oriental, es decir, mucho más en el pensamiento inspirador que en la ejecución de la obra".

Intervienen en el "Cantar de los Cantares", mediante diálogos y a veces en forma dramática, la Esposa (Sulamita) y el Esposo, denominados también en ocasiones hermano y hermana. Aparecen además otros personajes: los "hermanos", las "hijas de Jerusalén", etc., que forman algo así como el coro de la antigua tragedia griega. La manera en que se tratan el Amado y la Amada muestra claramente que no son simples amantes, porque entre los israelitas solamente los esposos podían tratarse tan estrechamente.

No se exhibe, pues, aquí un amor prohibido o culpable, sino una relación legítima entre esposos. A este respecto debe advertirse desde luego que el lenguaje del Cántico es el de un amor entre los sexos. No creemos que esto haya de explicarse solamente porque se trata de un poema de costumbres orientales, sino también porque la Biblia es siempre así: "plata probada por el fuego, purificada de escoria, siete veces depurada" (S. 11, 7). Ella dice todo lo que debe decir, sin el menor disimulo (cf. Gén. 19, 30 y nota), es decir, como muy bien observa Hello, sin revestir la verdad con apariencias que atraigan el aplauso de los demás, según suelen hacer los hombres. Dios quiere aplicar aquí, a los grandes misterios de su amor con la humanidad -ya se trate de Israel, de la Iglesia o de cada alma- la más vigorosa de las imágenes: la atracción de los sexos. Sabe que todos la comprenderán, porque todos la sienten. Y en ello no ha de verse lo prohibido, sino lo legítimo del amor matrimonial, instituido por Dios mismo, a la manera como el vino sólo sería malo en el ebrio que lo bebiera pecaminosamente. De ahí; que, como muy bien se ha dicho de este sublime poema, "el que vea mal en ello, no hará sino poner su propia malicia. Y el que sin malicia lo lea buscando su alimento espiritual, hallará el más precioso antídoto contra la carne".

Los expositores antiguos miraron siempre como autor del libro al rey Salomón cuyo nombre figura en el título: "Cantar de los Cantares de Salomón" y fue respetado por el traductor griego. La Vulgata no pone nombre de autor, y diversos exégetas católicos remiten la composición del Cantar a tiempos posteriores a Salomón (Joüon, Holzhey, Ricciotti, Zapletal, etc.). Otros empero, entre ellos Fillion, lo atribuyen al mismo rey sabio, que en el poema figura con toda su opulencia. A este respecto no podemos dejar de señalar, entre las muchas interpretaciones (que hacen variar de mil maneras el diálogo y el sentido, según que pongan cada versículo en boca de uno u otro de los personajes), la que adopta un estudioso tan autorizado como Vaccari presentándola como "la que mejor corresponde, tanto a los datos intrínsecos del Libro, cuanto a las condiciones históricas del antiguo Israel". Según esta interpretación, el Esposo a quien ama la Sulamita, no es la misma persona que el rey, sino un joven pastor que la celebra en un lenguaje idílico y agreste, contrastando precisamente con la fastuosidad del rey cuyas atracciones desprecia la Esposa que prefiere a su Amado. En este contraste, la paz del campo simboliza la Religión de Israel, tan sencilla como verdadera, y los esplendores de la Corte figuran los de la civilización pagana, que humanamente hablando parece tan superior a la hebrea. Tendríamos así, como en las dos Ciudades de San Agustín, el eterno contraste entre Dios y el mundo, entre lo espiritual y lo temporal. El valor de esta interpretación que permite entender muchos pasajes antes obscuros, podrá juzgarse a medida que la señalemos en las notas. Entretanto ella explicaría que Salomón, siendo el autor del Poema (como lo sostiene también Vigouroux con sólidas razones) se haya puesto él mismo como personaje del drama, pues que, siendo así, ya no aparecería como figura del divino Esposo, sino que, lejos de ello, se presenta modestamente con su persona y su proverbial opulencia, como un ejemplo de la vanidad de todo lo terreno, cosa muy propia de la sabiduría de aquel gran Rey.

Agreguemos que esta manera de entender el Cantar según lo propone Vaccari no se opone en modo alguno al aprovechamiento de su riquísima doctrina mística, pues nada más congruente que aplicar las relaciones de Yahvé con su esposa Israel, a las de su Hijo Jesús, espejo perfectísimo del Padre (Hebr. 1, 3), con la Iglesia que El fundó, y con cada una de las almas que la forman, en su peregrinación actual en busca del Esposo (cf. 4, 7; 3, 3; 5, 6 y notas); en la misteriosa unión anticipada de la vida eucarística (cf. 2, 6 y nota); y finalmente en su bienaventurada esperanza (cf. 1, 1; 8, 13 s. y notas; Tito 2, 13), cuya realización anhela ella desde el principio con un suspiro que no es sino el que repetimos cada día en el Padre Nuestro enseñado por el mismo Cristo: "Adveniat Regnum tuum", y el que los primeros cristianos exhalaban en su oración que desde el siglo primero nos ha conservado la "Didajé" o "Doctrina de los doce Apóstoles": "Así como este pan fraccionado estuvo disperso sobre las colinas y fue recogido para formar un todo, así también, de todos los confines de la tierra, sea tu Iglesia reunida para el Reino tuyo... líbrala de todo mal, consúmala en tu caridad, y de los cuatro vientos reúnela, santificada, en tu reino que para ella preparaste, porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos. ¡Venga la gracia! ¡Pase este mundo! ¡Hosanna al Hijo de David! Acérquese el que sea santo; arrepiéntase el que no lo sea. Maranatha (Ven Señor). Amén"

EL CANTAR DE LOS CANTARES.

UN CANTICO DE AMOR Y UN HIMNO

por Ray C. Stedman



Espero que esté usted descubriendo el maravilloso carácter de la Biblia, su agudo discernimiento y la manera tan profunda de sondear la vida humana. Las Escrituras nos fueron dadas con el propósito de que pudiéramos entendernos a nosotros mismos y a nuestro Dios y los libros del Antiguo Testamento contribuyen de una manera asombrosa a esta comprensión.

En la actualidad el Cantar de los Cantares está considerado como posiblemente uno de los libros más confuso y difícil de la Biblia, pero seguramente le sorprenderá saber que durante todos los siglos del cristianismo ha sido uno de los libros más leídos y amados de todos. Durante la sombría época antes de la Reforma Protestante, cuando los albiguenses huyeron de la iglesia Católica y John Huss llevó a su pequeño grupo de cristianos hasta Bohemia, este fue uno de los libros de la Biblia que se leía, se citaba, al que se hacía referencia y memorizaba con más frecuencia, pues les servía de gran consuelo. En los días posteriores a la Reforma, en los tiempos de amarga persecución de los Firmantes de Escocia, de los cuales salió la Iglesia Presbiteriana bajo el liderazgo de John Knox y otros, este fue una vez más uno de los libros que se leyeron con más frecuencia y que más se citaban. Les sirvió a los Firmantes de mucho consuelo y sostuvo el espíritu de aquellos hombres y mujeres, a los que daban caza como si fuesen animales, por las montañas y los valles estrechos de Europa.

Este es el último de cinco libros del Antiguo Testamento. Job es el primero, luego viene Salmos, Proverbios y Eclesiastés y finalmente el Cantar de los Cantares. Cada uno de estos libros revela uno de los elementos básicos del hombre. Job es la voz del espíritu, la parte más profunda de la naturaleza del hombre, que es por lo que el libro de Job es y será siempre un misterio para nosotros. Según palabras de uno de los salmos, es uno de los libros en el que "un abismo llama a otro y podemos leerlo sin reconocer lo que tiene de profundo. Es casi imposible agotarlos. He aquí la voz del hombre clamando a Dios, en medio de su dolor y su lucha. Job dice: "Oh si yo pudiera saber dónde hallar a Dios. (Job 23:3)

Los libros de los Salmos, Proverbios y Eclesiastés forman una trilogía en la que se destaca la voz del alma. El alma del hombre se compone de tres partes: la mente, las emociones y la voluntad y en estos libros nos encontramos con la expresión de estos elementos de la personalidad del hombre. Salmos es el libro del corazón, de las emociones, y en él hallamos reflejadas todas las emociones conocidas por el hombre. Este es el libro que podemos leer cuando sentimos fuertes emociones en nuestra vida para encontrar un salmo que sea la respuesta, que refleje y supla la necesidad de nuestro estado de ánimo. Por eso es por lo que los Salmos han sido siempre una porción tan amada de las Escrituras.

El libro de Eclesiastés es la voz o la expresión de la mente del hombre. Es una interrogante penetrante sobre la vida, que busca respuestas, y en este libro encuentran expresión todas las filosofías que el hombre ha descubierto. El Eclesiastés nos habla acerca del hombre que está buscando respuestas. Y la respuesta que halla, debido a que enfoca la vida solo desde el punto de vista intelectual, es que todo es vanidad y vacío, que todo cuanto hacemos y vemos es inútil. Eso es lo que descubre la mente que no tiene a Cristo.

El libro de Proverbios es la expresión de la voluntad del hombre, resumida en los proverbios que más se han citado. "Confía en Jehová con todo tu corazón y no te apoyes en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas. (Prov. 3:5-6)

El libro de Proverbios es la expresión de la voluntad del hombre, resumida en el que es el proverbio más citado: "Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus sendas. (Prov. 3:5-6) La mente y el corazón deben aplicar juntos el conocimiento de modo que la voluntad escoja lo que es justo. En todo el libro de Proverbios encontramos que lo que se enfatiza es el gobierno de la voluntad.

Ahora bien, si el libro de Job es el clamor del espíritu, los Salmos, Proverbios y Eclesiastés son el clamor del alma, el Cantar de los Cantares es, sobre todo, el clamor del cuerpo en su anhelo más esencial ¿y cuál es el anhelo esencial del cuerpo? El amor. Por lo tanto, el tema del libro es el amor. Es un cántico, un poema de amor oriental y esto es algo que no podemos negar. Es sencilla y absolutamente eso. Es una revelación de todo lo que pretendía Dios que fuese la función que llamamos sexo. Es el sexo tal y como Dios deseaba que fuese, no solo como una actividad física, sino como la expresión de toda la naturaleza del hombre.

Porque el sexo es algo que impregna nuestras vidas y al menos en eso Freud tuvo razón. Pero la respuesta sexual y su impulso nos afectan más que en el aspecto físico, también nos afecta emocional e incluso espiritualmente y Dios nos hizo de ese modo y no hay nada de malo en ello, pero ahí es donde se desvió el concepto victoriano del sexo. Fue llevado a extremos por el enemigo. (Que es siempre la actividad del demonio, llevar las actitudes acerca del sexo a posturas extremas.) Por lo que el sexo se convirtió en algo mojigato, como si fuese un tema que no se podía mencionar, como algo para estar encerrado en un cajón y que era preciso mantener oculto, tras una cortina.

Pero no es así como se habla acerca del tema en la Biblia. En ella, el sexo, al igual que cualquier otro tema, se enfoca con sinceridad y se trata abiertamente, expresándolo tal y como Dios quiso que fuese. De modo que para empezar y sobre todo, el Cantar de los Cantares es un cántico de amor, que describe con franqueza y al mismo tiempo de una manera pura cómo el hombre y la mujer se deleitan el uno en el cuerpo del otro. No hay nada de pornográfico ni de obsceno en ello, nada libertino. Al leerlo se dará usted cuenta del enfoque tan precioso y púdico del que se vale para hablar sobre el tema.

El libro llega hasta nosotros en lo que podríamos llamar una forma de comedia musical. Los personajes son Salomón, el joven rey de Israel, ya que este libro fue escrito al principio de su reinado, en toda la belleza y esplendidez de su juventud, y la sunamita, que era una sencilla campesina de una belleza extraordinaria, que se enamoró del rey cuando se disfrazó como pastorcillo y se puso a trabajar en una de sus propias viñas al norte de Israel.

En el libro de Eclesiastés, Salomón nos dice que realizó expediciones para descubrir cómo era la vida a distintos niveles. Una vez se disfrazó como un sencillo pastorcillo y bajo esta guisa conoció a la joven. Se enamoraron y una vez que se hubieron prometido amor mutuamente, se marchó y estuvo ausente durante un tiempo y es entonces cuando la sunamita llora y le busca en su soledad.

A continuación nos encontramos con el anuncio de que el rey, en toda su gloria, va a ir a visitar el valle. Si bien la muchacha está interesada en este hecho, no es algo que le preocupe demasiado porque su corazón anhela y echa de menos al joven del que está enamorada, pero de repente le llega la noticia de que el rey quiere verla. El se la lleva y se casan en el palacio.

La comedia tiene lugar en Jerusalén, la capital de Israel, y un coro de cantantes, conocido como las hijas de Jerusalén hace, de vez en cuando, una serie de preguntas de gran importancia durante el relato sobre los acontecimientos que conducen al noviazgo, el compromiso y el matrimonio. La muchacha sunamita habla sobre ellos en tres ocasiones y es interesante darse cuenta de que "sunamita es la forma femenina de Salomón. Por lo que podemos llamar a la joven la Sra. Salomón. Ella es la novia, y leemos acerca de su encuentro con el joven, su noviazgo, la fortaleza, los métodos y los deleites del amor.

El lenguaje del libro es sumamente poético y figurativo y puede que en algunos casos sea difícil determinar quién de ellos está hablando, pero se puede distinguir a los diferentes participantes de la siguiente manera: el novio se refiere siempre a la muchacha como "mi amor y la novia le llama a él "mi amado. Y al describir el uno al otro se descubre la pasión y el embeleso del amor. He aquí el lenguaje del amor al describir la muchacha al joven:

"Mi amado es blanco y sonrosado; sobresale entre diez mil. Su cabeza es oro fino. Sus cabellos son ondulados, negros como el cuervo. Sus ojos son como palomas junto a los arroyos de aguas, bañados en leche y sentados sobre engastes. Sus mejillas son como almácigos de especias aromáticas, que exhalan perfumes. Sus labios son como lirios que despiden penetrante aroma. Sus manos son como barras de oro engastadas con crisólitos. Su vientre es como una plancha de marfil, recubierta con zafiros. Sus piernas son como columnas de mármol cimentadas sobre bases de oro. Su figura es como el Libano, escogido como los cedros. Su paladar es dulcísimo; ¡todo él es deseable! Así es mi amado y así es mi amigo, oh hijas de Jerusalén." (Can. 5:10-16)

Y el la describe con un lenguaje semejante:

"¡Qué bella eres, oh amada mía! Eres como Tirsa, atractiva como Jerusalén e imponente como ejércitos abanderados. Aparta de mí tus ojos porque ellos me doblegan. Tu cabello es como manada de cabras que se deslizan por las laderas de Galaad." (Can. 6:4-5)

Vemos lo figurativo de este lenguaje. Si los jóvenes enamorados se lo tomasen actualmente de manera literal e intentasen transmitir este lenguaje, estoy seguro de que sería malinterpretado, pero este es un enfoque impresionistico y esta expresión es de una gran belleza:

"Tus dientes son como rebaños de ovejas que suben del lavadero; que todas tienen mellizos y ninguna hay sin cría." (6:6)

Eso significa que no le faltaba ni uno solo. Tenía una dentadura completa y acababa de lavárselos.

"Tus mejillas parecen mitades de granada, a través de tu velo. Hay setenta reinas, ochenta concubinas y un sinnúmero de jóvenes mujeres. ¡Pero una sola es mi paloma, mi perfecta! Ella es la única hija de su madre, quien la considera predilecta. La ven las mujeres y la llaman: "bienaventurada. Las reinas y las concubinas la alaban." (6:7-9)

Evidentemente, este es el lenguaje del amor.

El libro describe el amor en el matrimonio, tal y como debe de ser, y es importante que esto lo tengamos en cuenta porque el abandono absoluto de ambos para hallar la mutua satisfacción solo es posible porque se experimenta dentro de esa unidad total que solo permite el matrimonio. Esto es algo que se enfatiza poderosamente por todo el libro, mediante una advertencia con tres facetas, que la esposa dirige a todas las muchachas solteras: el coro de las llamadas hijas de Jerusalén. En tres ocasiones diferentes, y dejando por un momento el deleite y el embeleso de su amor, revela a las muchachas el secreto de su deleite:

"¡Juradme, oh hijas de Jerusalén...que no provocaréis ni despertaréis al amor hasta que quiera!" (Ca. 2:7; 3:5; 8:4)

Este es el secreto del deleite como este en el matrimonio. ¿Qué es lo que ella ha querido decir con estas palabras? Lo que está diciendo es que no se debe estimular prematuramente al amor, sino que es preciso permitir que se desarrolle por sí solo. No se debe de despertar valiéndose de métodos artificiales, hasta que el amor no esté preparado. Lo que hay que hacer es dejar que comience a su tiempo.

Resulta verdaderamente monstruoso ver como algunas madres insensatas y fatuas animan a sus hijos a imitar a los adultos bailando, acudiendo a citas, acariciándose y teniendo contacto físico antes de llegar a la adolescencia. ¿Por qué? Porque están intentando provocarles a participar en actividades adultas, en las actividades del amor, antes de que les haya llegado el momento. Es como intentar abrir el capullo antes de que esté listo para abrirse, lo que se hace es destruirlo.

Estamos siendo testigos de los resultados de mucho de ello en nuestra sociedad. Porque se enseña a los jóvenes, que buscan lo mejor en el amor, lo más importante, en este libro a no participar en el contacto físico y las caricias amorosos hasta que no puedan decir, como lo dice esta novia:

"El me lleva a la sala del banquete y su bandera sobre mí es amor." (Can. 2:4)

O como dice el novio:

"Ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo. Porque fuerte como la muerte es el amor; inconmovible como el Seól es la pasión. Sus brasas son brasas de fuego; es como poderosa llama." (Can. 8:6-7)

Dios ha ordenado que todos estos deleites, que encontramos reflejados aquí, formen parte de la experiencia de hombres y mujeres, pero solo en la relación que los hace posible, que es el matrimonio. Por lo tanto, este libro es un poderoso llamamiento a la castidad y a la pureza en la vida hasta que llegue el momento del matrimonio.

Pero como es lógico no habremos escuchado el mensaje más profundo de este cantar hasta que no nos adentremos en la descripción de este amor puramente físico y humano, que aunque es perfecto, debe de leerse como una expresión de lo que es la comunión entre el hombre y Dios, entre Cristo y su iglesia.

Desde los primeros siglos del cristianismo, este libro ha sido interpretado de ese modo. Hasta los judíos lo interpretaron alegóricamente en ese sentido. El prefacio de este cantar es uno de los libros judíos, o Targums, que dice algo así:

Este es el Cantar de Salomón, el rey profeta de Israel, que cantó ante Jehová el Señor. Como vemos, no estaba sencillamente cantando un cántico de amor humano, sino que lo cantó ante Jehová. Este es un cántico acerca de su propia relación con Dios, y los padres de la iglesia primitiva lo interpretaron bajo esta luz. Fue precisamente por ello por lo que este cantar fue de gran consuelo para los santos perseguidos del período de la Reforma y los períodos posteriores.

Alguien ha dicho muy apropiadamente: "Si ama usted a Jesucristo, le encantará este cántico porque aquí tenemos palabras que expresan de modo perfecto el embeleso del corazón que se ha enamorado de Cristo. Cuando lee usted el libro de Eclesiastés, lee acerca de la búsqueda del hombre por el mundo entero de algo que satisfaga plenamente su corazón y el mensaje de ese libro es sencillamente que el que el hombre se gane al mundo entero no es suficiente. Su corazón sigue aún vacío porque el corazón es mayor que su objetivo, pero el mensaje del Cantar de los Cantares de Salomón es que Cristo es tan grande, tan poderoso, tan magnífico, que el corazón que se haya enamorado de él nunca podrá llegar a las profundidades de ese amor hacia él, su preocupación y su ternura para con el hombre. Cristo, el objetivo, es superior al corazón.

Por lo tanto, cada uno de los pasajes de este cantar puede ser reverentemente elevado a un nivel superior para representar al corazón embelesado con su Señor. Visto de este modo, revela una verdad altamente significativa. Deja claro que el matrimonio es la clave de la vida humana, lo cual no significa que las personas que no están casadas deban sentirse desanimadas por ello. Porque tanto si encontramos el matrimonio a nivel físico como si no, esto sigue siendo cierto. ¿Qué es el matrimonio? ¿Ha pensado usted alguna vez en el matrimonio? ¿Ha pensado en lo que se encuentra tras la institución del matrimonio? He tenido muchas veces el privilegio de casar a personas y para ello tengo que enfrentarme con ciertas leyes del estado. El matrimonio no es el producto de la sociedad humana, no es algo que inventaron las personas después de haber estado viviendo juntas. El matrimonio tiene su origen en los albores de la humanidad y forma parte integrante de la vida humana y el matrimonio físico entre el hombre y la mujer, es sencillamente una imagen de una relación más profunda que es cierta en la vida de todo el mundo.

Este principio se expone en Romanos 7, al introducir Pablo este gran argumento con un ejemplo de una mujer casada. Mientras está casada, está atada a la ley de su marido y si mientras está casada, se enamora de otro hombre, tendrá que soportar el estigma de adultera, exponiéndose a quebrantar la ley básica de la vida, pero si muere el esposo, entonces queda libre para casarse con otro hombre. (Rom. 7:1-3)

¿Por qué dice todo esto? Porque es un ejemplo de lo que sucede en la vida de cada uno de nosotros. Pablo dice que estamos casados con la vida del viejo hombre, con el viejo Adán. Estamos unidos al hombre malvado y ese es el problema en la vida humana. El hombre fue creado para tener quien sea su Señor sobre él y no puede existir sin alguien que sea su Señor. Todos nosotros tenemos un amo, nos guste o no nos guste. Todo el relato de la Biblia deja claro que o bien es Dios quien se enseñorea de nuestra vida o lo es el demonio y fue precisamente por eso por lo que Jesús dijo que el hombre no puede servir a dos señores. No podemos entregarnos a ambos, es preciso tomar una decisión en la vida. O bien odiamos a uno y amamos al otro o nos aferramos a uno y nos separamos del otro. No es posible hacer las dos cosas.

Por lo que es preciso que el hombre sea gobernado. En otras palabras, fue creado para el matrimonio porque el matrimonio es una imagen del gobierno de una vida sobre otra. Y este libro dice que el dueño que fue establecido para que gobernase al hombre es el Señor Jesucristo. El hombre gobernado por Jesús llega a la plenitud y a la gloria, en todo aquello que Dios le tenía destinado al hombre.

Al leer en este libro acerca del deleite embelesado que experimentan la esposa y el esposo el uno con el otro, estará usted leyendo una descripción magnífica y maravillosa de lo que Dios pretendía que fuese la relación entre sí mismo y cada persona. Por eso es por lo que dice el gran mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. (Mat. 22:37) Por eso es por lo que este es el más importante de los mandamientos porque de él depende todo lo demás, incluyendo el amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Es por eso por lo que este libro es muy importante, porque trata acerca de una relación muy importante. En Cristo tenemos al esposo, y la iglesia es su esposa, como dijo Pablo en Efesios:

"Esposos amad a vuestras esposas, así como también Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella..." (Efe. 5:25)

Pablo continua describiendo la obra de Cristo a favor de su iglesia y vuelve a decir:

"Grande es este misterio, pero lo digo respecto de Cristo y de la iglesia." (Efe. 5:32)

De modo que el amor entre el esposo y la esposa es el amor de Cristo y de su iglesia. En otras palabras, el amor de los esposos es sencillamente una manifestación y una imagen de ese amor más profundo que es lo que Dios desea para la vida humana.

Por lo tanto, tenemos en este libro una imagen de lo que Dios convertirá en realidad en el corazón y en la vida de aquel que le ame. Escuche usted estas preciosas palabras que le dice el esposo a la esposa:

"Ya ha pasado el invierno, la estación de la lluvia se ha ido. Han brotado las flores en la tierra. El tiempo de la canción ha llegado y de nuevo se escucha la tórtola en nuestra tierra. La higuera ha echado higos y despiden fragancia las vides en flor, ¡Levántate, oh amada mía! ¡Oh, hermosa mía, ven!" (Can. 2:11-13)

Esa es la primavera de la vida, pero no se encuentra en el pasado, sino en el futuro. Un día también este mundo experimentará una primavera como esa. El Señor Jesucristo, que volverá por fin a reclamar a su esposa que le espera, la recibirá con palabras muy parecidas a estas. Llegará la primavera, el tiempo en el que habremos de cantar, el tiempo en que la tierra volverá a florecer y desaparecerá la maldición por lo que volverán a aparecer las flores en la tierra. Esta es una imagen de lo que puede suceder en el corazón de aquel que se enamore de Jesucristo y podrá disfrutar de esta primavera. El frió del invierno con su soledad, su desgracia, su egoísmo ha quedado atrás y ha llegado el momento de cantar.

Oración

Padre nuestro, te damos gracias por este precioso pasaje que destaca de un modo tan magnífico todas las posibilidades de satisfacción que Dios tenía destinadas al corazón humano. Oh Señor, permite que podamos participar de esta clase de relación contigo, que hemos vencido todos nuestros prejuicios y hemos dejado de luchar contra ti, por lo que clamamos: "No, yo me someto, me someto porque no puedo seguir viviendo para mi, Me dejo sumergir por un amor agonizante y constreñido, reconociéndote como conquistador. En tu nombre lo pedimos, amor.


Nº de Catálogo 222

El Cantar de los Cantares

21 de Noviembre, 1965

Vigesimosegundo Mensaje

3. El sacerdote y el Cantar de los Cantares*.

Uno de los libros más poéticamente bellos y de mayor hondura mística es el Cantar de los Cantares, atribuido al rey Salomón. Es un poema dramático en el que se cantan los amores de dos esposos, que se buscan, se separan y vuelven a unirse para siempre. El esposo es Yahveh Dios, la esposa es el pueblo elegido –cada una de nuestras almas, en especial cada alma sacerdotal y religiosa que busca unirse a Dios con un amor esponsalicio, que deriva del culmen del amor de Dios en la Nueva Alianza de los tiempos mesiánicos–. Veremos cuatro puntos:
– Dios (o la Morada).
– El Templo.
– La oración.
– La Palabra de Dios.



La Morada. Es la «shekinah»(=Morada), fórmula de respeto para evitar antropomorfismos. Es el mismo Dios, que habita en ella. La relación con Dios es la relación sacerdotal fundamental. De Dios depende:

– el llamado (o vocación);

– la naturaleza singular de la misma;
– el destino último del sacerdote. Dios es el que llama, y llama a sus sacerdotes a la intimidad con Él: El Rey me ha introducido en sus mansiones (1,4). Llama a algo grande, a exultar de gozo y de alegría: por Ti exultaremos y nos alegraremos (id). Dios es su guía: Llévame en pos de ti, ¡corramos! (id.). Llévame en pos de ti significa en pos de tu Ley, en tu salvación.[1] Dios ama y merece ser amado: Evocaremos tus amores... ¡con qué razón eres amado! (id.). Dios es su invicto protector: Su izquierda está bajo mi cabeza y su diestra me abraza (2,6), nos lleva como el papá lleva en sus brazos a su hijo pequeño. Dios es toda su confianza: A su sombra apetecida estoy sentado (2,3). Dios le comunica fecundidad: ¡Qué hermoso eres, amado mío, que delicioso! ¡Puro verdor es nuestro lecho! (1,16). Será como árbol plantado a la vera de las aguas... no teme la venida del calor... conserva su follaje verde... en año de sequía no se inquieta... no deja de dar fruto (Jr 17,8). Dios es lo más amable y lo más hermoso: Mi amado es fúlgido y rubio,
distinguido entre diez mil. Su cabeza es oro, oro puro;
sus guedejas, racimos de palmera,
negras como el cuervo. Sus ojos como palomas
junto a corrientes de agua,
bañándose en leche,
posadas junto a un estanque. Sus mejillas, eras de balsameras,
macizos de perfumes.
Sus labios son lirios
que destilan mirra fluida. Sus manos, aros de oro,
engastados de piedras de Tarsis.
Su vientre, de pulido marfil,
recubierto de zafiros. Sus piernas, columnas de alabastro,
asentadas en basas de oro puro.
Su porte es como el Líbano,
esbelto cual los cedros. Su paladar, dulcísimo, y todo él, un encanto.
Así es mi amado, así mi amigo,
hijas de Jerusalén. (5, 10–16). El sacerdote es el hombre de Dios, el especialista en Dios.



El Templo. Por ser hombre de Dios, el sacerdote es el hombre del Templo, que es donde ofrece el sacrificio, el acto principal del sacerdocio. Mucho se nos habla en el Cantar de los Cantares del Templo: Está en el monte Moriah (por asonancia) = monte de mirra = lugar donde se ofrece el incienso: Me iré al monte de la mirra, a la colina del incienso (4,6) ; y, ¿Quién es ese... sahumado de mirra e incienso, de todos los aromas exquisitos? (3,6) ; y también, Bolsita de mirra es mi amado para mí... (1,13). Es una alusión al altar del incienso del Templo de Jerusalén; es el sacrificio del «qetoret» que sólo pertenece a los sacerdotes: Mas, una vez fortalecido en su poder, se ensoberbeció hasta acarrearse la ruina, y se rebeló contra Yahveh su Dios, entrando en el Templo de Yahveh para quemar incienso sobre el altar del incienso. Fue tras él Azarías, el sacerdote, y con él ochenta sacerdotes de Yahveh, hombres valientes, que se opusieron al rey Ozías y le dijeron: «No te corresponde a ti, Ozías, quemar incienso a Yahveh, sino a los sacerdotes, los hijos de Aarón, que han sido consagrados para quemar el incienso. ¡Sal del santuario porque estás prevaricando, y tú no tienes derecho a la gloria que viene de Yahveh Dios!»(2Cr 26,16–18); y a Zacarías ...le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso (Lc 1,9). De ahí que el perfume de los vestidos de los sacerdotes es como perfume de incienso: la fragancia de tus vestidos,como la fragancia del Líbano (4,11). Enseña Santo Tomás que el altar del incienso significaba el oficio de los sacerdotes, que es conducir el pueblo de Dios. Significaba también la santidad del pueblo aceptable a Dios: Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono (Ap 8,3). Es el fruto del ministerio sacerdotal, es decir, la santidad del pueblo la ofrece a Dios como en el altar del incienso. Es el mismo Cristo figurado por el altar de los perfumes, ya que por Él se ofrecen a Dios los espirituales deseos de cosas perfectas: Ofrezcamos sin cesar, por medio de él, a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que celebran su nombre (Heb 13,15). Es hermoso el Templo del Señor: Las vigas de nuestra casa son de cedro, nuestros artesanados son de ciprés (1,17). Manda cortar para mí cedros en el Líbano... (1Re 5,20); de ahí que: Edificó la Casa, la acabó y la techó con artesonado de cedro. Edificó la galería, adosada a toda la Casa, de cinco codos de alta y estaba unida a la Casa por vigas de cedro (...) Revistió los muros de la Casa en el interior con planchas de cedro desde el suelo de la Casa hasta las vigas del techo; revistió de madera el interior y recubrió el suelo de la Casa con planchas de ciprés. Construyó los veinte codos del fondo de la Casa con planchas de cedro desde el suelo hasta las vigas, formando así por la parte interior el Debir, el Santo de los Santos; cuarenta codos tenía la Casa, es decir, el Hekal, delante del Debir. El cedro del interior de la Casa estaba esculpido con figuras de calabazas y capullos abiertos; todo era cedro, no se veía la piedra (1Re 6,9–10.15–18). Líbano significa el Templo, no sólo por estar revestido de cedro, sino por asonancia con el hebreo «lebonah» = incienso, y con el hebreo «laban» = blanco, emblanquecer, porque en el Templo los hombres se enblanquecen, es decir, se limpian de los pecados: el rey Salomón se hizo una cámara de madera del Líbano (3,9). Allí se encuentra el valor para el combate y el heroísmo para la virtud: Ved la litera de Salomón (3,7)(es el Templo). Sesenta valientes le dan escolta (son las sesenta letras de la bendición sacerdotal),[2] son las flores de Israel (3,7) (los que hacen fuertes por su bendición a los hijos de Israel).[3] El Templo es la fiesta del sacerdote: Salid a contemplar... a Salomón, el rey, con la diadema (la tienda del Testimonio), con que le coronó su Madre (Israel), el día de sus bodas, el día del gozo de su corazón (3,11); o sea, el día de la dedicación del Templo, cuya fiesta duró catorce días.[4] El Templo es el lugar del encuentro con Dios; es el signo de la complacencia de Dios; es la garantía de la comunión con Él. Por eso debe ser solícito el sacerdote en rendirle culto a Dios; solícito como una gacela o un cervatillo: Sé semejante, amado mío, a una gacela o a un joven cervatillo por los montes de las balsameros (2,17; 8,14) = el monte Moriah y el templo, lleno de sustancias aromáticas.[5] ¡Cuánto más el sacerdote de la Nueva Alianza, que celebra la Eucaristía! El sacerdote es el hombre del templo, del altar, del sacrificio y de la Misa...


La oración. La Comunión nupcial entre Dios y sus sacerdotes se realiza esencialmente por la oración.
Dios –por el sacerdote– bendice al pueblo; el pueblo –por el sacerdote– alaba a Dios. Por la Misa, el Oficio divino, la lectio, la meditación, el santo Rosario... Por su oración, el sacerdote es un guerrero adiestrado para la batalla: Todos esgrimen la espada, todos los diestros para el combate. Todos llevan la espada al cinto (es la circuncisión para los judíos[6] y para los cristianos el bautismo) para hacer frente a los temores nocturnos (3,8). Por su oración puede decir: Yo soy una muralla y mis pechos (mis hijos)[7] como torres (8,10). Por su oración purifica de los pecados: Tus labios, una cinta escarlata, tu hablar, encantador... (4,3): Así fueren vuestros pecados como la grana,cual la nieve blanquearán (Is 1,18). Por su oración vence en la lucha contra los demonios: Antes de que refresque el día y huyan las sombras... (4,6). Por la oración halla consuelo en la peregrinación de este mundo: Sigue la huella de las ovejas (= los justos)[8] y lleva a pacer tus cabritos (= hijos) junto a las chozas de los pastores (1,8). La oración es el grito que apresura el término del exilio. La oración del sacerdote hace bella y amable el alma sacerdotal a los ojos de Dios: Única es mi paloma, mi perfecta. Ella... la preferida de la que la engendró... Las doncellas que la ven la felicitan (6,9) Por la oración destila de los labios del sacerdote miel virgen y de su lengua dulzura de leche y miel: Miel virgen destilan tus labios ... Hay miel y leche debajo de tu lengua (4,11). Tan suave y tan dulce es a Dios la oración sacerdotal, que, en su amor, anhela oírla: ...muéstrame tu semblante,déjame oír tu voz ; porque tu voz es dulce y encantador tu semblante (2,14). El sacerdote es el hombre de la contemplación.


La Palabra de Dios. La relación íntima del sacerdote con Dios, con la Eucaristía y con la oración, se alimenta con la Palabra de Dios. En la escucha de la Palabra de Dios –contenida en la Biblia– consigue el sacerdote la más dulce intimidad con Dios, pone en ella toda su delicia. En el mismo comienzo del Cantar dice: que me bese con los besos de su boca (1,2), o sea que Dios habla con el sacerdote, cara a cara, como quien besa a alguno.[9] Y si el sacerdote no ha llegado a experimentar así la revelación de Dios, nunca pasará de ser un mero funcionario. Sólo así sabe –experimentalmente– que: Mejores que el vino (= todas las naciones, todas las cosas)[10] son tus amores (1,2), o sea, que nos ama más que a todas las cosas. Evocaremos tus amores... (1,4), el recuerdo de su Palabra es el que engendra y custodia el amor hacia Él, alejando la infidelidad. Puede decir el sacerdote: su derecha me abraza (2,6) porque se ocupa en el estudio de su Palabra dada por la mano derecha del Señor:[11] Ley de fuego en su diestra para ellos (Dt 33,2). También se dice: Confortadme con pasteles de pasas, con manzanas reanimadme que estoy enfermo de amor (2,5), que son las palabras de la Ley que tienen buen perfume como las manzanas, –es el alimento que nutre, guía que conduce, medicina que cura, dulzura que embriaga–.[12]

Más aún: ungüento derramado es tu nombre (1,3);
Fuente de los huertos (= es la Palabra);[13]

pozo de aguas vivas;
corrientes que del Líbano (= Templo) fluyen (4,15);
tu vientre, un montón de trigo (gozan con la palabra)
de rosas rodeado (7,3) (= son los estudiosos de la Ley que lo hacen de día y noche. Así como la rosa de noche no se cierra, así ellos vigilan en el estudio de la Palabra de Dios). El sacerdote es el hombre de la Palabra de Dios. Debemos comprometer nuestra oración por los sacerdotes: Que Dios, el sacrificio de la Misa, la oración y la Sagrada Escritura, sea su única esperanza, su única riqueza, y su única arma potente, de modo tal que de ellos pueda decirse: Es tu cuello cual la torre de David (inexpugnable), adornada de trofeos: mil escudos cuelgan de ella, todos escudos de valientes (4,4). Que se destaquen en el amor al prójimo y salven muchas almas: Mi amado ha bajado a su huerto a las eras de las balsameras (= Templo) a apacentar en los huertos y recoger rosas (6,2), (= las almas buenas).[14] Que perseveren hasta el fin en el amor: ya que, finalmente, la persecución que sufre el sacerdote es por ser testigo de que el amor es más fuerte: Ponme cual sello sobre tu corazón, como un tatuaje en tu brazo. Porque es fuerte el amor como la Muerte... Saetas de fuego, sus saetas, una llama del Señor (8,6) ... Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo (8,7). Nunca podremos olvidar que de nuestros padres, madres, hermanos, hemos aprendido a amar así. Por eso jamás los olvidamos y cada vez los queremos más.

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• Sigo libremente algunos temas de Umberto Neri, El Cantar de los Cantares –Targum e interpretaciones hebreas antiguas– (Bilbao 1988). [1] Así leen Pesiqta de R. Kahana, Qohelet Rabba III 1; Midrash Proverbios 8, 9. [2] Significación dada por el Cántico Rabba III 11. [3] Significación dada por el Cántico Rabba III 11. [4] cfr. 2Cr 7,9. Las interpretaciones son de Mishna Taanit IV 8; Cántico Zuta, hic. [5] Según Rashi. [6] Así leen Cántico Rabba III 14 «...inmediatamente cada uno colgó su espada al cinto y se circuncidó» (Números Rabba XI 6) [7] Génesis Rabba XXXIX 3. [8] Mekilta Ex 15,17. [9] cfr. Cántico Rabba I 15; Ex Rabba XLI 3. [10] Según Cántico Rabba I 19. [11] Mekilta Ex 14, 29. [12] Pesqta de R. Kahana 101b. [13] Otiot de R. Aqiba 384. [14] Según jBerakot.

The Catholic Encyclopedia, Volume I

Copyright © 1907 by Robert Appleton Company
Online Edition Copyright © 1999 by Kevin Knight
Enciclopedia Católica Copyright © ACI-PRENSA
Nihil Obstat, March 1, 1907. Remy Lafort, S.T.D., Censor Imprimatur +John Cardinal Farley, Archbishop of New York

. Devocional
Agosto 2003

Apreciaciones espirituales del Cantar de los Cantares
¿Qué vence al corazón de Dios?
“Aparta tus ojos de delante de mí, porque ellos me vencieron” (Cantar de los Cantares 6:5).

"¡Aparta de mí tus ojos, porque me han vencido!" exclama nuestro Amado. ¡Piénselo! El Dios del cielo, vencido. No hay ejército, ni principado ni poder en los cielos o en la tierra, que pueda vencer a Aquél que midió las aguas en el hueco de su mano y marcó los límites de los cielos con el ancho de sus dedos. El Dios que calculó el polvo de la Tierra, pesó los montes en una balanza y las colinas en un par de platillos. El que enumera las nubes y convierte el invierno en primavera. El Dios que llama por su nombre a todas las estrellas. Solo hay una cosa capaz de vencer al corazón de ese Dios: el tierno amor de aquellos que le dan el sí.

Continúa la progresión de la pasión santa
En el Cantar de los Cantares vemos que a medida que nuestro Amado nos revela las profundidades de su personalidad, esa revelación nos capacita para permanecer firmes en tiempos de dificultades y de pruebas. Cuando comenzamos a comprender su majestuoso esplendor y su infinita ternura, no nos ofendemos cuando no comprendemos el camino por el que nos lleva. Aun en los tiempos más difíciles y de mayores pruebas, nuestros labios derraman alabanza y adoración por nuestro Amado.

El Cantar de los Cantares revela algunas verdades más acerca de la relación apasionada y tierna entre el creyente y su Amado. Entre ellas:

Nos dice que después de haber permanecido fieles a Jesús en medio de las acusaciones, las mentiras y el rechazo, Él mismo va a reivindicarnos (6:4-13).
Ya no vamos a vivir para nuestro placer, sino solo para el suyo (7:1-10).
Mientras trabajamos con Él para recoger la cosecha, otros creyentes de las distintas naciones del mundo llegarán a amar a Jesús como nosotros (7:11; 8:5).
Él va a poner el ardiente sello de su amor sobre nuestro corazón



CANTAR DE LOS CANTARES

Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)


(Viene del Nº 6 del año 1999)

(Capítulo 3)

“Apenas hube pasado de ellos un poco,
Hallé luego al que ama mi alma.” (v. 4)

Al separarnos del mundo y de su organización, hallamos al Señor. Ni bien la amada se hubo alejado de ellos, halló a Aquel a quien amaba su alma. ¡Qué dicha! Él no es del mundo, y los que le pertenecen no lo son tampoco. Lo que representa la ciudad y todo lo que se encuentra en ella no puede de ninguna manera hacernos conocer al Amado y hacernos gozar de su comunión; muy al contrario.

Lot habitaba en “la ciudad”, pero no lograba más que afligir su alma justa. No conocía, en ese lugar manchado, la dulce comunión de la cual gozaba Abraham, quien estaba con Jehová en lugares altos. Sepamos realizar mejor nuestra separación moral de todo lo que es de aquí abajo, no amando al mundo ni las cosas que hay en él, condición esencial para gozar de la presencia del Amado.

“Lo así, y no lo dejé,
Hasta que lo metí en casa de mi madre,
Y en la cámara de la que me dio a luz.” (v. 4)

Cuando un creyente ha sufrido lejos de la presencia de su Señor, cuando ha derramado lágrimas amargas, como María junto a Su sepulcro vacío, ¡qué gozo da volverlo a encontrar! La sulamita no lo abandona más, ya que lejos de Él sufrió demasiado. Esto se entiende. Una nube sombría vino ante sus ojos a velar la belleza de su Señor e impedirle gozar libremente de su amor. Ahora, la nube desapareció y los rayos de la gloria del Amado inundan el corazón de aquella que, sintiéndose desgraciada, no podía vivir lejos de Él.

Aquí lo lleva a la casa de su madre. ¿Quién es esa madre, varias veces mencionada en el Cantar de los cantares? Ella personifica a Israel. De este pueblo, según la carne, provino el Cristo, Dios bendito sobre todas las cosas. También en el seno de ese mismo pueblo se formará el remanente fiel del cual nos hablan de una manera particular el Cantar y el libro de los Salmos.

Estos fieles, después de un largo tiempo de sufrimientos y
aflicciones, verán finalmente a su Mesías e irán por doquier contando su gloria. Será necesario que la nación de Israel oiga hablar de estas cosas y que, después de un largo período en el cual Cristo habrá sido rechazado, el corazón de ellos sea conmovido y esté dispuesto a recibirlo. Él será como restablecido en medio de su pueblo, para que éste pueda gozar de su persona y de las bendiciones que resultarán de su presencia.

¡Felices mensajeros del Rey! No tendrán reposo hasta que el pueblo terrenal de Dios pueda gozar de su Amado (Isaías 62:7). Como sus corazones estarán llenos de Él, sus bocas podrán contar su gloria. Pero ¿estas cosas están escritas sólo para Israel? ¡Por cierto que lo están también para nosotros! ¿Es Cristo nuestro principal objeto? Y, si es así, ¿podemos guardar ese tesoro para nosotros solos hasta que nuestro Señor recoja en el reposo a su pueblo celestial? No permanezcamos inactivos.

“Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén,
Por los corzos y por las ciervas del campo,
Que no despertéis ni hagáis velar al amor,
Hasta que quiera.” (v. 5)

¡He aquí se hace oír de nuevo el estribillo de nuestro Cantar! ¡Dulce reposo es el que goza ahora la amada junto a Aquel a quien ama! Nada podría turbar este reposo. Sólo nuestra locura puede privarnos de gozar de él. Jamás Él falta a su fidelidad para con los suyos. Sepamos siempre mantenernos junto a Él. La amada no había hallado sino turbación, tinieblas, cansancio inútil mientras erraba por la ciudad. Ahora goza de un dulce reposo junto al Amado, quien vela por ella.

“¿Quién es ésta que sube del desierto...” (v. 6)

La escena cambia aún más: la esposa sube del desierto. Tenemos aquí, sin duda, una alusión al pueblo de Israel que otrora subía triunfante del desierto, conducido por la nube, para tomar posesión del país de la promesa. Imagen de ese mismo pueblo que pronto va a volver a subir de los diversos lugares donde está dispersado, para ir a Jerusalén y adorar en Sion (Isaías 11:11).

Pero la Palabra de Dios nos enseña que, antes de que ello ocurra, un pueblo celestial va a subir de la tierra, va a ser arrebatado en las nubes e irá triunfante al encuentro de su Señor, quien lo introducirá en la casa del Padre. Ésta es la bienaventurada esperanza de todos los que han hallado en Jesús a su Salvador. ¡Este día está cercano! ¡Alegrémonos!

“... como columna de humo,
Sahumada de mirra y de incienso
Y de todo polvo de los mercaderes?” (v. 6, JND)

¿De qué nos hablan estos perfumes sino de las perfecciones de Jesús? Su nombre es un ungüento derramado (capítulo 1, versículo 3). Ya lo hemos considerado así en los primeros versículos de nuestro Cantar.

El día en que sus amados vayan a su encuentro, ese nombre precioso llenará todos los corazones de adoración y todas las bocas de alabanza, la que subirá ante Dios como una fragancia de grato olor. La mirra recordará lo que Él ha sido como Varón de dolores (Isaías 53:3); el incienso, lo que ha sido como intercesor a favor de los suyos (Romanos 8:34).

Los polvos de los mercaderes, productos preciosos con los cuales son preparados los diversos perfumes cuyo olor suave llena el santuario, han sido recogidos con una santa diligencia por los que aman al Señor. Todo lo que puede hacerles conocer la excelencia de su persona ha sido el objeto de sus meditaciones; una actividad para adquirir todo lo que renueva su recuerdo.

A este respecto, tenemos el mandamiento del Señor: “Negociad entre tanto que vengo” (Lucas 19:13). Y esta santa actividad produce mucho, tanto para el Señor como para su servidor. Todo ello sube ante Dios para su gozo y para gloria del nombre de Jesús.

“He aquí es la litera de Salomón” (v. 7)

El rey Salomón, verdadero hijo de David, rey de justicia y rey de paz, va a ser presentado ahora ante los ojos de los fieles.

Hacia él sube del desierto la novia engalanada ya con las
perfecciones de Aquel cuyo nombre es un ungüento derramado. Ella toma lugar en Su litera gloriosa: “En esos días el justo florecerá, y habrá muchedumbre de paz, hasta que no haya luna. Dominará de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra” (Salmo 72:7-8, versión J.N.D.). ¡Tiempo feliz, en el que la creación, que hasta ahora suspira con dolores de parto, será librada de la servidumbre de la corrupción bajo la cual gime! (Romanos 8:22).

El primer objeto que atrae la mirada de aquellos que contemplan esta escena es el lecho (litera o palanquín) en el que el rey entra en la ciudad de su glorioso y perfecto reposo. El tiempo del sufrimiento terminó para siempre. Los resultados de su trabajo son perfectos. Tal como Dios descansó de sus obras el séptimo día, así el Amado reposará de la obra que hizo a favor de los suyos (Hebreos 4:10).

Cuando estuvo aquí abajo, Él podía decir: “Mi Padre hasta ahora trabaja y yo trabajo” (Juan 5:17). ¿Cómo reposar cuando toda la creación suspira y está en trabajo hasta ahora a causa del pecado del hombre?

Cuando los suyos estén con Él, entonces la alabanza subirá sin cesar ante Dios, la tierra responderá al cielo y el cielo a la tierra. Él podrá descansar, ya que su amor se verá plenamente satisfecho en ese día (Oseas 2:20-22).

“Sesenta valientes la rodean,
De los fuertes de Israel.
Todos ellos tienen espadas, diestros en la guerra;
Cada uno su espada sobre su muslo,
Por los temores de la noche.” (v. 7 y 8)

Un pequeño número de hombres, elegidos por el rey de entre los fuertes del pueblo de Dios, rodea la litera de Salomón. Comparten su reposo y su gloria. En el seno de un pueblo que rechazó a su Mesías y camina en la senda de su propia voluntad, estos hombres se sometieron a la palabra de su Señor.

Con esta Palabra, la espada del Espíritu, pelearon la “buena batalla” (2.ª Timoteo 4:7). Ha estado en sus manos y, sin debilidad, han combatido con ella para gloria del Amado y para reivindicar Sus derechos. Sus lomos están ceñidos, cada uno tiene su espada sobre su muslo, lista para asegurar, si es necesario, la llegada triunfal del gran Vencedor, a quien ellos tienen el honor de escoltar. Para ellos habrán cesado ya los temores de la noche, porque los combates habrán terminado.

Pronto, nuestro Señor volverá en su gloria. Ese día ¿seremos
simplemente hombres que formen parte del pueblo de Dios o seremos de los valientes que rodearán al Señor? ¿Tendremos entre esos valientes un lugar prominente, cual aquellos que formarán la guardia de honor del Rey en el día de su gloria?

El Espíritu Santo hace una lista de los valientes de David, con una mención honorífica atribuida a cada uno de ellos (2.º Samuel 23). Aquí, en nuestro texto, se nos habla de los valientes de Salomón y de la gloria en la que él los ha colocado, pero ¿cuál será entonces la parte de los valientes del Hijo de David en el día de su triunfo?

“El rey Salomón se hizo una carroza
de madera del Líbano.” (v. 9)

En los versículos 7 y 8 vimos la guardia de honor del rey Salomón; ahora vamos a considerar un instante su carroza, el asiento glorioso en que viaja, llevado en triunfo por un pueblo que se le brinda con franca voluntad (Salmo 110:3). La carroza está hecha de madera del Líbano.

Más adelante en nuestro Cantar volvemos a encontrar el Líbano. Representa aquello que es grande y glorioso en el mundo: “La gloria del Líbano vendrá a ti... para decorar el lugar de mi santuario, y yo honraré el lugar de mis pies” (Isaías 60:13).

De allí, del Líbano, se cortaron los cedros magníficos empleados para la construcción del templo de Jehová en Jerusalén (1.º Reyes 5:6). Y también de ese mismo lugar provino la madera con la cual se hizo la gloriosa carroza. Un asiento semejante no podía ser hecho sino con los materiales más preciosos.

(Continúa en el Nº 2)

CANTAR DE LOS CANTARES

Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)

(Viene del Nº 1)

(Capítulo 3)

“Hizo sus columnas de plata,
Su respaldo de oro,
Su asiento de púrpura,
Su interior recamado de amor
Por las doncellas de Jerusalén.” (v. 10, JND)

Todo es maravilloso en ese asiento de la gloria de Salomón, el cual no es más que la sombra del trono del divino Hijo de David, el Señor de gloria. Pero, para ver su gloria, primero es necesario poder contestar a la pregunta que el Señor les hizo a los fariseos reunidos en torno a Él: “¿Qué pensáis del Cristo? ¿De quién es hijo? Le dijeron: de David. Él les dijo: ¿Pues cómo David en el Espíritu le llama Señor, diciendo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo?” (Mateo 22:42-45).

Consideremos un instante esta carroza de tan preciosa madera.
Sus columnas son de plata. La redención, simbolizada por la plata, es aquella que todo lo sostiene en ese reino. El Rey de gloria, Jesús, en virtud del rescate que pagó al morir en la cruz, reinará no sólo sobre su pueblo Israel sino también sobre el universo entero. Su obra redentora ha sido cumplida a favor de todos los hombres.

En su reino, todo será de una solidez y estabilidad inquebrantables. El respaldo en el cual Él se apoya es de oro, emblema de la justicia divina. Él es el Rey que reinará en justicia, anunciado por el profeta (Isaías 32:1). Su asiento es de púrpura. Así como el color escarlata nos habla de su gloria como Hijo de David que reina sobre su pueblo Israel, su asiento de púrpura es símbolo de la gloria imperial del Hijo del hombre que debe reinar sobre el universo entero.

Él, Rey de reyes y Señor de señores, establecerá su poder en los cielos y en la tierra. Éste es el misterio de la voluntad de Dios (Efesios 1:9). ¿Quién podría oponerse al cumplimiento de esta voluntad? Todo el universo se postrará ante Él.

El interior del asiento está recamado de amor por las doncellas de
Jerusalén, de esta “ciudad del gran Rey” (Mateo 5:35). Cuando el Rey vino a visitarla por primera vez, los suyos no le recibieron. Ahora, helo aquí que llega rodeado de todo el amor de su pueblo. Jamás un rey habrá sido tan querido por su pueblo como el Rey de gloria (Salmo 24:8). Todos sus súbditos, sin excepción, podrán decir: ¡El Rey murió por mí! Todo será magnífico en su reinado: estabilidad, fuerza, magnificencia, amor, paz.

“Salid, oh doncellas de Sion, y ved al rey Salomón
Con la corona con que le coronó su madre en el día
de su desposorio,
Y el día del gozo de su corazón.” (v. 11)

Las hijas de Sion que habrán participado de la gracia que será traída por el Rey de gloria, son ahora llamadas a contemplarle en su hermosura. Pero nosotros, cristianos, por la fe anticipamos ese día y somos espectadores de esa gloria, su guardia de honor, la gloria de su manifestación ante su pueblo arrepentido y humillado.

Además, admiramos su corona. Otrora su pueblo colocó sobre su cabeza una corona de espinas y lo levantó en una cruz; ahora, este mismo pueblo, personificado por su madre, pone en su cabeza una corona de gloria. Él es reconocido por todos como el Rey de Israel. Cristo reasumirá sus relaciones con este pueblo, el que todavía se halla errante, lejos de Él; y aunque hoy ha comenzado a volver a Palestina, está desvinculado de su Dios.

Este pueblo espera y espera, como lo dice el profeta Isaías (18:2, versión J.N.D.). Pronto, cuando todo Israel haya vuelto a este país y nadie ya le dispute su posesión, su Señor volverá y cumplirá su promesa: “Y te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia, juicio, benignidad y misericordia. Y te desposaré conmigo en fidelidad, y conocerás a Jehová” (Oseas 2:19-20).

Será el día feliz de su desposorio con su pueblo. ¡Cuán grande será el gozo de éste —después de tantos siglos de estar privado de la mirada de Su rostro a causa de sus pecados— cuando nuevamente esté en relación con Jehová para siempre, gozando de todas las bendiciones prometidas por boca de los profetas de otrora! Él es Jehová, el que no cambia, quien ha hecho promesas y las cumplirá.

Pero el gozo del pueblo no será en nada comparable al de su Rey, pues ése será el día del gozo de su corazón, tal como lo acabamos de leer. Entonces verá el fruto de la aflicción de su alma y quedará satisfecho.

Oh, cuando tú veas a los que has redimido
cual fruto, ya en sazón, de tu muerte en la cruz,
con infinito amor, del todo complacido,
gozarás en tenerlos por siempre en tu luz.


Capítulo 4

“He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí que tú eres hermosa.” (v. 1)

La mayor parte de este capítulo 4 nos refiere lo que Él ve de agradable en ellos. Los que tenemos una condición de pueblo celestial, procuremos revestirnos de los caracteres que le son agradables a Él y que son los mismos en todos los tiempos y en todas las dispensaciones.

Este capítulo debe enseñarnos a discernir lo que es agradable al Señor, y de tal manera saber cómo regocijar su corazón. Más que estos fieles de Israel, nosotros tenemos poderosos motivos para procurar agradarle, ya que conocemos el nombre del Padre, del cual somos hijos.

¡“He aquí que eres hermosa”! Él lo repite porque, a causa de su
amor, quiere que sepamos lo que somos para Él. Si es precioso conocer lo que Él ha hecho por nosotros, más precioso todavía es saber lo que Él es para nosotros; pero ¿sabemos lo que nosotros somos para Él? ¿Sabemos cuán caros le somos? Él mismo va a describir a su amada tal como Él la ve con sus propios ojos.

Con toda humildad, y acordándonos de nuestra miseria natural, consideremos lo que el Señor puede hallar de agradable en los suyos.

“Tus ojos detrás de tu velo son como palomas” (v. 1, JND)

Como en el capítulo 1, el Rey describe los ojos de su amada y los compara con palomas (1:15). Ella es extranjera aquí abajo, por lo cual su mirada está fija no sobre las cosas que la rodean, sino en un objeto que el mundo no ve ni conoce y que es su único objeto, su gozo: el Amado.

Como la paloma, ella es extranjera doquier no está el objeto de su corazón. Al mirar hacia Él, ella es iluminada y su rostro nunca es avergonzado (Salmo 34:5). El Amado agrega aquí un detalle que no menciona en absoluto en el primer capítulo: “Detrás de tu velo”.

Este velo es símbolo de humildad. Rebeca nos da un ejemplo de ello: era una mujer de aspecto muy hermoso, pero, cubriéndose con un velo, escondía esa belleza a los ojos de todos y la reservaba para Isaac (Génesis 24:16 y 65).

“Tus cabellos como manada de cabras
Que se recuestan en el monte de Galaad.” (v. 1, JND)

Los cabellos señalan la sumisión. El capítulo 6 del libro de los Números contiene las ordenanzas concernientes al nazareo que se consagraba por entero a Jehová; una larga cabellera era la señal exterior, visible, que lo caracterizaba (v. 5).

La amada está moralmente separada de todo lo que la rodea para ser de su Señor. Ella manifiesta así los caracteres de Cristo mismo, el único perfecto nazareo desde el vientre de su madre hasta el día de su muerte.

“Tus dientes como manadas de ovejas trasquiladas,
Que suben del lavadero,
Todas con crías gemelas,
Y ninguna entre ellas estéril.” (v. 2)

Aquí, los dientes de la esposa despiertan la admiración del Amado. Aquella a la que ama puede alimentarse de vianda sólida, a diferencia de los niños. Los corintios y los hebreos no eran capaces de tolerar las viandas; ellos necesitaban leche (1 Corintios 3:2; Hebreos 5:12-14). “El alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 5:14).

Un hombre hecho —espiritualmente hablando— es uno que conoce no sólo el perdón de sus pecados, sino también la perfección de su posición en Cristo ante Dios; se alimenta de un Cristo celestial.

Para alcanzar esa estatura es necesario haber sido como una oveja trasquilada, es decir, despojado de todo lo que uno es como criatura en la carne, desembarazado de todo lo que nosotros creíamos necesario para glorificarnos, de una manera u otra, de todo lo que podía darnos alguna apariencia a nuestros propios ojos y a los de nuestros semejantes.

Junto con esto, nos conviene mantenernos en un estado de pureza práctica, mediante un enjuiciamiento continuo de nuestro viejo hombre, así como una oveja, después de trasquilada, sube del lavadero. Ello produce una plena comunión con el Señor.

Así, bien alimentado y el alma próspera, el fiel abunda en frutos (3 Juan). Hay en él una salud moral que no tiene nada en común con la debilidad, la incapacidad y la esterilidad de una criatura todavía inexperta en la Palabra de justicia.

(Continúa en el Nº 3)

CANTAR DE LOS CANTARES

Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)

(Viene del Nº 2)

(Capítulo 4)

“Tus labios como hilo de grana,
Y tu boca es agradable.” (v. 3, JND)

Los labios manifiestan lo que llena el corazón, ya que de la abundancia del corazón habla la boca (Mateo 12:34). El espantoso cuadro que Dios nos pinta en el capítulo 3 de la epístola a los Romanos, revela lo que son los hombres delante de Él, en toda su desnudez. Nos dice en particular que sus gargantas son un sepulcro abierto, que con sus lenguas engañan, que hay veneno de áspides debajo de sus labios y que sus bocas están llenas de maldición y de amargura (v. 13-14).

Pero, en la amada, toda esta inmundicia no existe más, ha sido quitada; Él no ve sino sus labios como hilo de grana. Rahab, la ramera, había recibido instrucción de poner en su ventana un cordón de grana, en virtud del cual ella fue salvada con toda su casa (Josué 2:18). Este cordón nos habla de la muerte de Cristo —el verdadero Mesías de Israel— y de su sangre, la que purifica de todo pecado. En los labios de la amada no se ve ningún rastro de suciedad, sino sólo lo que proclama el valor de esa sangre preciosa.

“Tu mejilla, como un trozo de granada
detrás de tu velo.” (v. 3, JND)

Nuevamente el Amado habla de las mejillas de aquella cuyo retrato hace aquí. Las mejillas son la parte esencial del rostro. Sobre las mejillas de Jerusalén corrieron sus lágrimas (Lamentaciones de Jeremías 1:2). “Hirieron mis mejillas con afrenta” dice Job acerca de los indignos que se juntaron contra él (Job 16:10).

Miqueas nos dice que con vara hieren en la mejilla al Juez de Israel (5:1). Estos pocos pasajes bastan para hacernos comprender qué significan las mejillas en las Escrituras. Ahora bien, ¿cómo ve el Amado las mejillas de aquella de quien nos habla? Las ve cual un trozo de granada detrás de su velo. La granada, fruto compuesto de múltiples granos engastados en una pulpa de un rojo brillante, es mencionada varias veces en nuestro Cantar.

Es la imagen de los santos congregados alrededor del Señor. Cada uno de los suyos, fruto de su gracia perfecta y de su obra, tiene allí su lugar asignado por Él. En cada uno de los suyos Él ve un elemento de la congregación de Israel, su pueblo terrenal, lo mismo que hoy cada creyente forma parte de la Asamblea, el pueblo cuya ciudadanía está en los cielos. Aquí nuevamente es mencionado el velo que conviene a aquellos que son el objeto de la pura gracia de Dios.

“Tu cuello, como la torre de David,
edificada para armería;
Mil escudos están colgados en ella,
Todos escudos de valientes.” (v. 4)

Hemos visto que el cuello encorvado es símbolo de sumisión y obediencia. Cuando estuvo aquí abajo, el Señor ordenó: “Llevad mi yugo sobre vosotros” (Mateo 11:29). El yugo se coloca sobre el cuello. ¡Ved a los principales tecoítas que no doblegaron sus cuellos al servicio del Señor! (Nehemías 3:5).

El pueblo de Israel ha sido de dura cerviz y a menudo Jehová le hace ese reproche; le dice que su cerviz es como barra de hierro (Isaías 48:4). Aquí el cuello de la amada es como la torre de David. Una torre es un sitio donde uno se refugia y donde se está seguro: “Torre fuerte es el nombre de Jehová; a él correrá el justo, allí se halla en un amparo elevado” (o inaccesible) (Proverbios 18:10, versión J.N.D.).

El origen de la fuerza de David, como la de todos los valientes de Dios, ha sido una sencilla obediencia a su Palabra, una santa sumisión a su voluntad. Al hablar del príncipe de este mundo (Satanás), nuestro divino Modelo podía decir: “él nada tiene en mí” (Juan 14:30); su comida era hacer la voluntad de Aquel que le había enviado. En esta torre de David están colgados los grandes escudos de todos los valientes a quienes su obediencia tornó invulnerables.

En estos días en que se habla mucho de debilidad, sepamos en
qué reside la fuerza de todos los valientes.

“Tus dos pechos, como gemelos de gacela,
Que se apacientan entre lirios.” (v. 5)

Una madre que amamanta a su hijito sin pedirle nunca nada, se siente muy recompensada si el niño, al que cuida como sólo una madre puede hacerlo, prospera y goza de buena salud. Ésta es la expresión del amor más desinteresado; nada en la tierra lo puede superar.

Es necesario poseer la naturaleza de Dios para poder apreciar Su
amor y ponerlo en práctica. Pablo nos da un hermoso ejemplo de ello al ejercer su ministerio entre los tesalonicenses. “Aunque podríamos seros carga” —les escribe— “como apóstoles de Cristo, fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos. Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios” (1 Tesalonicenses 2:6-9).

Poco le importaban sus penas y su labor, con tal que sus hijos en la fe fuesen enriquecidos con todas las bendiciones que les traía el Evangelio de Dios.

“Hasta que apunte el día y huyan las sombras,

Me iré al monte de la mirra,
Y al collado del incienso.” (v. 6)

Hasta ahora nos hemos hallado en medio de las sombras, pero éstas van a huir. El día viene en todo su esplendor, cuando todas las sombras, por maravillosas que sean (Colosenses 2:17), darán lugar a la gloriosa realidad de las cosas que la fe posee ya.

Mientras tanto, el Espíritu Santo rinde testimonio de Aquel que viene y su palabra se hace oír en sus preciosos oráculos. Los corazones arden y la Esposa, por la fe, se eleva por encima de las cosas de aquí abajo al monte donde se adora, a la colina donde se ora.

La mirra recuerda a un Mesías que sufrió; el incienso, compuesto según el arte del perfumista, evoca lo que el Hombre perfecto fue para el corazón de Dios y también para cada uno de los suyos.

¡Suave es el perfume del nombre de Jesús! Es un olor de muerte para los que se pierden, pero, para la amada, tiene una fragancia no comparable a ninguna otra.

“Toda tú eres hermosa, amiga mía,
Y en ti no hay mancha.” (v. 7)

El Amado vuelve a tomar la palabra para proseguir la descripción interrumpida en el versículo 6. En presencia de semejante declaración, hemos de recordar que son las palabras mismas del Dios de verdad.

En su Palabra todo es siempre la expresión de la más absoluta verdad. ¿Somos de aquellos que creen a Dios bajo palabra, sin necesidad de prueba alguna? Él declara que, por una sola ofrenda, Cristo hizo perfectos para siempre a los que son santificados (Hebreos 10:14).

En ese mismo sentido comprendemos este magnífico versículo. El Amado no ve sino perfección absoluta en aquella que es el objeto de sus afectos. Ningún defecto puede notarse en ella, ya que es el resultado de Su obra perfecta hecha en la cruz. Está revestida de la justicia que Él le consiguió en virtud de sus sufrimientos y de su muerte.

Toda ella es hermosa, ya que es el reflejo de la misma belleza de Él. Por otra parte, lo que es imperfecto ¿cómo podría compartir la gloria inefable de Aquel que jamás conoció el pecado y ante el cual se prosternará el universo entero?

Lo que es imperfecto no puede compartir las moradas del Dios de la santidad. Él la ama y no puede dejar de repetírselo para que el corazón de la amada esté profundamente compenetrado de ello y le retribuya su amor

(Continúa en el Nº 4

CANTAR DE LOS CANTARES

Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)

(Viene del Nº 3)

(Capítulo 4)

“Ven conmigo desde el Líbano,
oh novia mía;
Ven conmigo desde el Líbano.” (v. 8, JND)

El Amado quiere tener con Él a aquella cuya belleza es maravillosa a sus ojos. El hombre que halló una perla de gran precio, por la cual vendió todo lo que tenía, la quiere tener para sí mismo; su amor, celoso, no puede sentirse satisfecho por ninguna otra cosa. Lo que hay de sublime en este mundo, incluso toda la gloria del Líbano, no es lo que Él quiere para ella.

Él solo quiere ser su porción eterna. ¿No nos parece oír ya aquí la voz de Aquel que decía: “Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria... porque me has amado desde antes de la fundación del mundo”? (Juan 17:24).

Él no estará satisfecho sino cuando vea junto a sí, en una eternidad de amor inefable, a aquella por la cual sacrificó su propia vida.

Aquí hallamos a los fieles de Israel que tendrán su porción con el
Señor y estarán junto a Él en Jerusalén, la ciudad de la cual Él es el “gran Rey”. La Iglesia tendrá su porción en la casa del Padre, o sea el cielo mismo. Pero no es ni Jerusalén ni aun el cielo los que llenarán los corazones de los suyos, sino el Señor mismo. Sólo su persona llenará todos los corazones y sólo su amada podrá satisfacer el Suyo.

¡Cuán hermosa es esta palabra: “conmigo”! Pronto estaremos con el Señor. Se acerca rápidamente el día en que, dejando esta desolada tierra, disfrutaremos de su presencia; entonces la Iglesia no será una “novia” sino la Esposa misma.

“Mira desde la cumbre de Amana,
Desde la cumbre de Senir y de Hermón,
Desde las guaridas de los leones,
Desde los montes de los leopardos.” (v. 8)

El Rey conduce a la amada al monte Hermón. Este monte elevado que domina los confines del norte de la tierra de Israel, frente al Líbano, es mencionado en Deuteronomio 3:9 y 4:48.

En este texto, Moisés recuerda al pueblo el lugar hasta donde alcanzaron sus conquistas al otro lado del Jordán. En esos versículos vemos que ese monte era llamado por diversos nombres (Sirión y Senir).

Los que no son miembros del pueblo de Dios pueden llamar y apreciar a este monte de distintas maneras, pero aquellos que pertenecen al Amado son los únicos que conocen su belleza y felicidad, pues desde allí contemplan el país con Él. “¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía! Es como el buen óleo... como el rocío del Hermón, que desciende sobre los montes de Sion; porque allí envía Jehová bendición y vida eterna” (Salmo 133).

¡Eternidad feliz alrededor del Amado revestido de sus glorias personales y oficiales, centro bendito de todos los suyos! De Él desciende toda bendición mediante el poder del Espíritu, el que, como el aceite de la unción santa derramado sobre el santuario terrenal, da testimonio de la excelencia de su persona.

Pero hay más; desde lo alto de esta montaña uno descubre el
mundo bajo su verdadero aspecto, incluso lo más atrayente, lo más grande que pueda ofrecer. Allí se encuentran leones escondidos, leopardos ágiles, listos para devorar su presa.

Quedémonos, pues, junto al Amado en esas alturas por encima de todas las cosas de aquí abajo. Allí uno se halla plenamente seguro. La potencia de Satanás, quien como león rugiente busca a quién devorar, no podría alcanzar a los que en el monte Hermón permanecen junto al Amado. ¡“Ven conmigo desde el Líbano”! ¿Dónde, pues, está Él con su amada? Sobre el monte Hermón, allí adonde Él envía bendición y vida eterna (Salmo 133:3).

“Prendiste mi corazón, hermana mía, novia mía;
Has apresado mi corazón con uno de tus ojos,
Con una de las gargantillas de tu cuello.” (v. 9, JND)

Dos cosas caracterizan necesariamente a aquellos que permanecen así junto al Amado y gozan de la excelencia de su persona. En primer lugar, sus ojos están fijos en Él; luego le testifican su amor mediante una santa obediencia que no tiene nada de legalismo, sino que es el fruto natural de ese amor.

Solamente en estas condiciones se puede gozar de las bendiciones que están en Cristo. Para Él es un gozo inefable estar rodeado de aquellos que sólo tienen ojos para contemplar Sus glorias y corazón para amarle. ¡“Prendiste mi corazón”! El ojo está fijo en Él y el corazón no puede sino estar sumiso a Él.

Hemos visto ya que el cuello nos habla de una sumisión absoluta al Señor y que la gargantilla es la recompensa a esta sumisión. Para José o Daniel, quienes tuvieron la honra de llevar collares, éstos eran la justa recompensa debida a su obediencia a la voluntad de Dios, obediencia que les había acarreado sufrimientos. La amada está sumisa a su Mesías durante el tiempo en que la nación israelita lo menosprecia.

Aquí descubrimos una nueva relación que no había sido
mencionada en el Cantar: “Hermana mía”. El Amado está en medio de aquellos a quienes no tiene vergüenza de llamar sus hermanos: “Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré” (Salmo 22:22), palabras que se cumplieron al pie de la letra el día de la resurrección, el primero de la semana.

Al oír el mensaje transmitido por María Magdalena: “Vé a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Juan 20:17), los discípulos se reunieron y el Señor se puso en medio de ellos. Al ver al Señor se regocijaron, anticipando así la eternidad, cuando el Padre tendrá su familia reunida en su casa para siempre.

Ese pequeño número de discípulos, escondidos en un lugar cuyas puertas estaban cerradas, constituían en la tierra una expresión de la familia del Padre y más tarde formaron la Iglesia, la Esposa de Cristo. Estas cosas están escondidas a los sabios de este mundo, pero son muy sencillas para los que aman al Amado; ellos le conocen, gozan de Él y le adoran.

“¡Cuán hermosos son tus amores,
hermana mía, novia mía!
¡Cuánto mejores que el vino tus amores,
Y el olor de tus ungüentos que todas las especias aromáticas!” (v. 10, JND)

Nos sentimos felices de conocer todo lo que el Señor ha hecho a nuestro favor, y más felices aun de saber que somos amados por Él.

Pero ¿podemos verdaderamente entrar en el conocimiento de lo que somos para su corazón? Él halla sus delicias en aquellos que le aman; pero, por cierto, ¡Él los amó primero! Su gozo es estar en medio de aquellos a quienes su nombre ha congregado, quienes hacen subir ante Él, cual incienso, un sacrificio de alabanza.

Pensamos demasiado poco en el gozo que Cristo tiene en los suyos así reunidos.

(Continúa en el Nº 5)

CANTAR DE LOS CANTARES

Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)

(Viene del Nº 4)

(Capítulo 4)

“Como panal de miel destilan tus labios, oh novia mía;
Miel y leche hay debajo de tu lengua;
Y el olor de tus vestidos como el olor
del Líbano.” (v. 11, JND)

Al estar el corazón lleno de un objeto, necesariamente de éste habla la boca. Al pensar en Aquel cuyo afecto conoce, el corazón de la amada rebosa y su boca cuenta lo que Él es y lo que ha hecho a su favor.

Es cosa muy dulce para el Amado escucharle así dándole gloria, ya que sus labios destilan miel; y “¿qué cosa más dulce que la miel?” (Jueces 14:18). Debajo de la lengua de la amada también se halla leche, precioso alimento para los pequeños del rebaño. Ella puede dar a los corderos del buen Pastor el alimento necesario para crecer en el conocimiento de su Señor y Salvador Jesucristo, lo que mantendrá sus almas con salud y prosperidad espiritual.

El olor de los vestidos de la amada sugiere el perfume que sube a su presencia y que le es agradable. Es la fragancia misma de su Nombre, porque la Esposa está revestida de Él mismo.

El aceite de la unción sagrada, cuyo perfume llenaba el santuario, era derramado sobre los sacerdotes al igual que sobre el sumo sacerdote (Levítico 8:12 y 30). El Espíritu Santo que ungió a Jesús en su bautismo viene también a habitar en aquellos que han creído (Mateo 3:16; Hechos 2:13). Este perfume que sube de la tierra hacia el Señor, es lo más precioso y más grande que Él tiene aquí abajo; es como el olor de las altas cumbres del Líbano.

“Huerto cerrado eres, hermana mía, novia mía;
Manantial cerrado, fuente sellada.” (v. 12, JND)

Para el Señor, su Asamblea es como un huerto en el que nadie sino Él tiene el derecho de penetrar. Él mismo la rodeó con un cerco que la preservara de la intrusión de cualquier extraño o raptor. Él la quiere para sí solo. Ningún otro puede gozar de los frutos excelentes que su gracia ha producido allí.

Una fuente inagotable de aguas refrescantes, a las que nada podría corromper, fertiliza este huerto, derramando un frescor abundante. ¡Qué lugar de delicias! Pero, celoso de los afectos de esta Iglesia, Cristo guarda para sí mismo todo lo que contiene este huerto. En tal lugar todo está cerrado, sellado; sólo Él puede deleitarse allí.

En este huerto, Él halla más satisfacción que la que tenía Adán en el huerto de Edén antes de desobedecer. Pero el primer hombre no supo guardar lo que Dios le confió, faltó a su responsabilidad y todo se echó a perder, se dañó, se arruinó.

En el huerto del Amado todo está en sus manos, muy seguro, cierto y próspero. ¡Qué abundante bendición y qué seguridad ofrece ese lugar de delicias, no comparable a ningún otro!

“Tus renuevos son paraíso de granados,
con frutos suaves” (v. 13)

El Amado plantó todos los árboles de frutos suaves que contiene el huerto; y, así como aquellos de Edén eran para Adán, éstos son para Él. Allí se hallan granados, árboles de los que ya hemos hablado y que por sus frutos hacen pensar en lo que la Iglesia es para Él. Todos los que la componen son para Cristo objeto de gozo; todos son frutos de su gracia perfecta, rescatados por su preciosa sangre.

Cada uno tiene su lugar en el servicio para el cual ha sido formado y calificado. Fruto de la obra de la cruz, cada uno refleja algo de la belleza de su Señor y manifiesta los resultados de su perfecta gracia.

En su conjunto, forman esta gloriosa Iglesia por la cual Él se entregó a sí mismo. Es un dominio en el cual el mundo no entra; este huerto le está cerrado. ¿Qué son a los ojos del mundo estas dos o tres personas insignificantes que cada primer día de la semana se congregan en el “aposento alto” para recordar a Aquel que fue crucificado por ellas y a quien el mundo ha olvidado desde hace largo tiempo? ¿Quién dirá la satisfacción que el Señor siente al hallarse en medio de ellas? ¿No está Él en un paraíso de granados?

“De flores de alheña y nardos;
Nardo y azafrán, caña aromática y canela,
Con todos los árboles de incienso;
Mirra y áloes, con todas las principales
especias aromáticas.” (v. 14)

En este huerto se hallan también, con los árboles frutales, plantas y árboles de incienso. Encierra todo lo que es agradable, “delicioso a la vista, bueno para comer” (Génesis 2:9), y todo lo que puede regocijar el corazón. Todo lo que hay allí es para el Amado. Los nombres de estas plantas y árboles de incienso son mencionados, pero sólo Dios, por su Espíritu, podrá hacernos conocer lo que ellos representan.

Notamos de entrada que estos perfumes son mencionados de dos
en dos; son siete, y uno es mencionado dos veces. El primero es flor de alheña y lo hemos encontrado ya en el capítulo primero. Nos habla de la gloria real del Amado, quien, si bien fue rechazado por este mundo y está ahora escondido en los cielos, aparecerá con toda su majestad ante los ojos del universo.

Entonces los que le pertenecen, y que habrán compartido con Él su oprobio y su rechazo, serán también manifestados en gloria con Él. Si sufren hoy con Él, reinarán también con Él (2.ª Timoteo 2:12). En esa flor de alheña el Señor considera a su Iglesia como ya glorificada y a todos los suyos como reyes y sacerdotes (Apocalipsis 1:6). Él los hizo tales para su Dios y Padre. Allí, en su huerto, Él respira en ellos la fragancia exquisita de la flor de alheña, la fragancia de la gloria real. Quienes otrora no eran más que pobres esclavos, están destinados a la realeza.

A la fragancia de la flor de alheña se halla asociada la del nardo, la
que nos resulta conocida por haberle prestado atención al meditar el capítulo primero. Nos anuncia proféticamente las circunstancias que se realizaron seis días antes de la pascua, cuando, en la cena de Betania, María derramó el perfume de nardo puro sobre la persona de ese Rey rechazado. Ella estimó que nada era demasiado grande para honrarle.

El Amado halla en su Asamblea algunos corazones que le aman, le siguen y le testimonian su amor, no ya derramando ese perfume de nardo sobre sus pies, cosa imposible hoy, pero sí guardando su Palabra. ¿No ha dicho Él que “el que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” (Juan 14:23)? La casa se llenó del olor del ungüento, anticipo de la fragancia que llenará la casa del Padre, templo en el cual el amor perfecto y eterno podrá expandirse libremente.

En tercer lugar, tenemos el azafrán también asociado al nardo. Es
la única vez que lo hallamos mencionado en las Escrituras. Hemos hecho notar que estas especias aromáticas son mencionadas aquí de dos en dos; podemos, pues, intentar hallar aquí un vínculo entre los dos elementos de cada grupo.

Así como el nardo sirvió para honrar al Rey de gloria mientras era rechazado, el azafrán también nos habla de su realeza, ya que su hermoso color amarillo, como oro, hace pensar en la corona de ese Rey glorioso, con la que Dios le coronó según el Salmo 21:3.

Cuando era rechazado, el nardo, en silencio, proclamaba su gloria real; pero, cuando Él vuelva llevando muchas diademas (Apocalipsis 19:12), su realeza será proclamada ante todos los ojos.

Ahora, como en el aceite de la santa unción (Éxodo 30:23),
hallamos la caña aromática (el cálamo) y la canela que crecen juntas en el huerto del Amado. Toda la caña aromática derrama un olor agradable, pero en especial su raíz, cuyo interior es de un color blanco rosado, empleado en preparaciones farmacéuticas.

Esa caña nos hace pensar en la palabra del Señor respecto de Juan el Bautista en Mateo 11:7: “¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?”. Es una imagen de lo que es el hombre en su debilidad; un pobre ser a quien una nada agita y quien sin cesar está expuesto a doblarse bajo los golpes de las circunstancias adversas; al menor viento debe inclinarse hasta la tierra. El libro del Éxodo menciona esta caña aromática o cálamo como parte de la composición del aceite de la unción, lo que sugiere las perfecciones del hombre Cristo Jesús. Él fue abatido y humillado; sufrió las consecuencias del pecado en este mundo aunque era el santo y justo que no conoció pecado.

Al terminar su carrera aquí abajo, dijo: “Te he glorificado en la tierra” y “Yo hago siempre lo que le agrada” (Juan 17:4 y 8:29). Aquí, en su huerto, el Señor ve a todos sus amados que también pasan por pruebas, sufrimientos, abatimiento y menosprecio. Reconoce en ellos la fragancia que manifestó Él mismo como hombre aquí abajo y halla en ellos todas sus delicias: son, para Él, los santos y los íntegros que están en la tierra, en los que encuentra toda su complacencia (Salmo 16:3).

La canela es un árbol muy hermoso, de un verde siempre brillante.
Exhala un perfume agradable que se expande a lo lejos. De su corteza se extrae una especia aromática que entraba en la preparación del aceite de la unción sagrada (Éxodo 30:23). Por esta imagen, el Espíritu Santo quiere hacernos conocer algo de la excelencia de la humanidad de Cristo, fragancia que subía ante el trono de Dios. En este hombre perfecto Dios halló toda su satisfacción, y esto en un mundo en el cual todo estaba echado a perder por el pecado. La canela no evoca, como lo hace la mirra, a un Cristo que pasa por sufrimientos, sino más bien en su hermosura como hombre.

Por fin, tenemos la mirra y los áloes. Si la mirra, de gusto amargo
pero de fragancia suave, nos habla de un Cristo que sufrió, el áloe nos habla de su misma muerte. Con un compuesto de mirra y áloes de unas cien libras, José de Arimatea y Nicodemo envolvieron el cuerpo de Jesús cuando lo depositaron en el sepulcro nuevo, quien no sólo no vio corrupción, sino que no exhaló más que un buen olor. Éste podía subir del sepulcro donde había sido depositado el cuerpo de nuestro Señor, cuerpo en el cual toda la plenitud de la Deidad se complació en habitar, cuerpo que no debía ver corrupción (Salmo 16:10) y al que la muerte no podía retener.

La mirra y el áloe están aquí asociados en el texto que nos ocupa. El Amado los halla en su huerto, lo que significa que sus amados aquí abajo tienen el privilegio de reproducir algunos rasgos de Su humanidad; el sufrimiento causado por su nombre ha sido la porción de ellos y algunos tuvieron hasta la honra de sacrificar su vida por Él. Así el Amado halla la mirra y el áloe producidos en su propio huerto.

(Continúa en el Nº 6)

CANTAR DE LOS CANTARES

Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)



(Viene del Nº 5)

(Capítulo 4)

“Fuente de huertos,
Pozo de aguas vivas,
Que corren del Líbano.” (v. 15)

Hemos notado ya algunos puntos de contacto entre el Cantar de los cantares y el evangelio según Juan, el discípulo del amor. Ahora bien; nos hallamos aquí en la misma esfera del eterno amor divino, invariable, cuya fuente está en Dios mismo. Él es amor.

En el evangelio según Juan nos hallamos en el país de las fuentes de agua de vida: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva...; el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:10-14).

Aquellos que han bebido de las aguas de vida, no tienen sed jamás, y de sus corazones, llenos de gracia, surge una vida divina y eterna que remonta hasta su misma fuente.

Pero en el huerto del Amado hallamos también un pozo cuyas
aguas provienen de lugares elevados (el monte Líbano), cuya misión es traer al mundo una rica bendición. Es lo que nos revela el mismo evangelio de Juan: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado” (Juan 7:37-39).

Aquellos que han bebido de estas aguas no sólo hacen subir ante Dios un tributo de alabanza, mas rinden también un testimonio ante el mundo por medio del poder del Espíritu Santo.

“Levántate, Aquilón, y ven, Austro;
Soplad en mi huerto, despréndanse sus aromas.” (v. 16)

Los árboles de incienso están en todo su esplendor, pero, he aquí el viento del norte, el viento de la adversidad, viene a soplar en el huerto y expande a lo lejos el olor de su incienso aromático. Es el buen olor de Cristo para Dios que se derrama por doquier en el mundo y viene a ser un olor de vida para aquellos que son para vida (2.ª Corintios 2:16).

Tenemos un hermoso ejemplo en la persecución que tuvo lugar después de la muerte del diácono Esteban. Aquellos que habían sido dispersados por la tribulación iban por todas partes anunciando el Evangelio, y gran número de personas creyó y se convirtió al Señor (Hechos 11:19 y 24).

En el huerto no sopla solamente el viento del norte, a veces áspero con sus lluvias (Proverbios 25:23, versión J.N.D.); el del sur, el cual, si bien a menudo trae la sequía (Job 37:17), también viene a calentar los corazones, y entonces el perfume sube ante Dios y se extiende a lo lejos. Los frutos maduran y todo en el huerto abunda.

“Venga mi amado a su huerto,
Y coma de su dulce fruta.” (v. 16)

El deseo de los suyos es que el Señor venga en medio de ellos para saciarse de los frutos que su gracia ha producido en sus corazones. En su Asamblea, Él, el postrer Adán, halla frutos más excelentes que todo lo que el primer hombre podía recoger en Edén. Allí todo es de Él y todo es para Él.

Pero ¿en qué medida respondemos a sus expectativas? ¿En qué medida, feliz en medio de los suyos, puede cosechar el fruto de sus sufrimientos y gozar de su labor? Nosotros, verdaderamente ¿qué hacemos para Él?




CAPÍTULO 5

“Yo vine a mi huerto, oh hermana mía, novia mía;
He recogido mi mirra y mis aromas;
He comido mi panal con mi miel,
Mi vino con mi leche he bebido.” (v. 1, JND)

El Amado, llamado por los suyos a descender a este huerto, como lo hemos visto en el último versículo del capítulo 4, no puede dejar de responder a tal invitación. Su corazón lo impulsa a ir allí, y aquellos que están reunidos lo atraen, por ser los objetos de su más tierno amor.

¿Estamos compenetrados del pensamiento de que existe aquí abajo un lugar donde el Amado, nuestro Señor, halla sus delicias; un lugar donde Él se encuentra como en su casa en medio de un mundo que lo rechazó? Él es el centro bendito alrededor del cual todo converge en este recinto sagrado, separado de todo lo que es de este mundo mediante el cerco con el cual Él mismo lo rodeó. Allí todo es de Él y para Él; es su paraíso.

Viene, pues, a su huerto, el lugar en el cual se disfruta de los
dulces vínculos de la familia de Dios: “Hermana mía”, expresión que evoca el apelativo de “hermanos” en el Nuevo Testamento. La “novia mía” es aquella que espera el día en que será manifestada en la gloria como Esposa de Cristo. Él recoge los productos preciosos de este huerto que es el objeto de toda su solicitud.

En primer lugar halla en él mirra, es decir, a los suyos que sufren por su ausencia y que están afligidos durante todo el tiempo en que Él es rechazado. Llevan el vituperio que trae su nombre; son menospreciados, perseguidos, aborrecidos, encarcelados y hasta sufren la muerte a causa del testimonio que dan de su Señor. Se han mostrado dignos de su amor, incluso a través de los más grandes sufrimientos. Éstos son los frutos preciosos para el Señor.

En su huerto, el Amado recoge también sus plantas aromáticas.
Aquellos que le aman manifiestan en este mundo las glorias de su persona. El vino del gozo abunda allí, al igual que lo más dulce que hay como alimento —la miel— y la leche, el alimento de los corderitos de su rebaño. Para Él es un festín de amor. Hemos de recordar que en la Asamblea debemos encontrarnos ante todo para el Señor. Si nos reunimos así no perderemos nada, sino todo lo contrario, porque Él mismo invita a los suyos a celebrar allí un festín:

“Comed, amigos; bebed en abundancia,
oh amados.” (v. 1)

El Señor brinda a los suyos que se reúnen alrededor de Él un alimento abundante y un gozo sin mezcla como preludio de los goces del cielo. En comunión con el Padre, hallan sus delicias en el Hijo por el poder y bajo la guía del Espíritu Santo. Aquí parece estar introducida otra clase de personas: los “amigos”, distintos de la Esposa y convidados a las bodas del Cordero. Aparecen en la escena relatada en el capítulo 19 del Apocalipsis: “Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero”.

Los convidados son los amigos del Esposo, tal como Juan el Bautista lo expresa: “El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así, pues, este mi gozo está cumplido” (Juan 3:29). Si estos convidados son bienaventurados, ¡cuán grande será la dicha del Esposo y la Esposa!

“Yo dormía, pero mi corazón velaba” (v. 2)

Con este versículo entramos en una nueva escena, muy diferente de aquella que acaba de ocuparnos. Tenemos aquí, por así decirlo, la nota más baja de todo el Cantar.

Al comienzo del capítulo 3 encontramos a la amada perezosamente echada sobre su cama, perdida toda comunión, todo gozo y aun todo discernimiento. Aquí está en una condición todavía peor, pues está durmiendo. No oyó las advertencias de la Sabiduría divina, la que tan a menudo pone en guardia al creyente respecto de la pereza: “Perezoso, ¿hasta cuándo has de dormir?” (Proverbios 6:9-11).

Como el descuido es más grande que aquel mencionado en el capítulo 3, sus consecuencias son también más desastrosas. Cuando se ha caído en un error cualquiera, si no se ha juzgado el mal hasta su raíz, Dios permitirá que se vuelva a caer en él tarde o temprano.

Puede haber una restauración parcial, pero no será duradera, y nuevos errores se manifestarán. Es lo que tuvo lugar aquí. Un gran amor hacia el Señor no preserva de caídas. Pedro, pese al amor que le llevó hasta el patio del sumo sacerdote, negó allí a su Señor.

“Es la voz de mi amado que llama:
ábreme, hermana mía, amiga mía, paloma mía, perfecta mía” (v. 2)

El Amado no puede abandonar a aquella a la que ama en un estado que la prive de disfrutar de su amor. En la epístola a los Efesios hallamos estas palabras extraídas del profeta Isaías: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efesios 5:14; Isaías 60:1).

El Antiguo y el Nuevo Testamento recuerdan, el uno y el otro, la misma verdad a los santos de las dos dispensaciones. En todos los tiempos, las mismas tendencias se repiten y las mismas exhortaciones se hacen oír.

Aquí, el Amado golpea a la puerta, llama a esa pobre esposa dormida. Ella era muy culpable, pero Él no le dirige ningún reproche. Muy al contrario, emplea las palabras más adecuadas para conmover su corazón. Él nos ve según toda la excelencia de la posición en la cual estamos en virtud de su obra hecha en el Calvario.

Mediante una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los que son santificados. Ellos son hijos de Dios; son su familia, como lo sugiere esta tierna expresión: “Hermana mía”. Aquellos a quienes Dios ha adoptado, lo están por la eternidad. Nuestra relación como hijos de Dios jamás puede ser rota. La comunión con Él puede serlo fácilmente, pero la relación es eterna.

Un hijo desobediente es tan hijo y heredero como el más sumiso a su padre. El uno goza de su relación, el otro no; éste es infeliz y deshonra el nombre de su Padre.

¡“Amiga mía”!... Los suyos son el objeto de un amor fuerte como
la muerte. Jesús mismo lo asegura: “Nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos” (Juan 15:13). “En todo tiempo ama el amigo” (Proverbios 17:17); “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Juan 15:14). Aquí nuestra amistad con Él depende de nuestra obediencia. “Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15). Su amistad depende de la revelación que nos dio de parte de su Padre.

¡“Paloma mía”!... El Esposo, pese a la posición equívoca de su
amada, la considera como una extranjera aquí abajo. Ella no la experimenta en absoluto, ya que duerme como las diez vírgenes de la parábola de Mateo 25. Sin embargo, Él la considera como extranjera y, por lo tanto, ella sigue no siendo del mundo, así como tampoco lo ha sido su Señor. Por tal razón Él viene a despertarla.

¡“Perfecta mía”!... A Sus ojos, ella está revestida de la perfección
misma en que la colocó Su gracia en virtud del amor manifestado a su favor en la cruz. En el rebelde pueblo de Israel, que murmuraba en el desierto, Jehová no veía iniquidad ni injusticia alguna, porque había sido colocado bajo la aspersión de la sangre del cordero.

A pesar de su sueño, la amada oyó su voz. En el fondo del
corazón de cualquier rescatado se halla el amor divino derramado por el Espíritu Santo que le ha sido dado. El corazón oye el llamamiento y contesta. La voz del Amado es una voz muy conocida, y no puede dejar indiferente a todo aquel que probó su amor.

(Continúa en el Nº 1 del año 2001)

CANTAR DE LOS CANTARES

Guignard Alf. - (Messager Évangélique, 1979-1981)

(Viene del Nº 6 del año 2000)

(Capítulo 5)

“Porque mi cabeza está llena de rocío, Mis bucles de las gotas de la noche.” (v. 2, JND)

El rocío, bendición que desciende del cielo durante la noche, refresca y fertiliza el suelo; es testimonio de la fidelidad y de la bondad de un Dios que no desea sino colmar a los suyos. Aquí tenemos al Amado, cuya cabeza, fuente de todos sus pensamientos de amor hacia los suyos, está llena de rocío. No quiere sino derramar ricamente sus bendiciones. Viene hacia esta pobre, sumida en el sueño, para hacerle participar de esas bendiciones, pero ¿está ella en condiciones de escuchar Su voz, de abrirle la puerta de su corazón y aprovechar de lo que Él pone a su disposición? No, está enteramente ocupada en sí misma y no en Él.

“Me he desnudado de mi ropa; ¿cómo me he de vestir? He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?” (v. 3)

La pereza espiritual trae consigo numerosas consecuencias enojosas. Ya hemos visto que ella engendra el sueño. Los ojos se desvían de la persona del Amado y así privan al fiel de la fuente misma de todas sus bendiciones, porque fuera de Él no tenemos nada. Ahora la Palabra de Dios no tiene el mismo efecto sobre el corazón y la conciencia. Por último, la pereza espiritual nos hace volver sobre nosotros mismos, ocupándonos en nuestra pobre personalidad, en la cual no existe ningún bien. De allí las expresiones “me he” y “(yo) he” que llenan este versículo. No bien estamos ocupados en nosotros mismos, ya no podemos ser felices ni glorificar a nuestro Señor. La amada no es capaz de responder al llamado de su Señor. No está en condiciones de recibirlo, ya que se despojó de su gloriosa vestidura. ¿Cómo volver a vestirse con ella? Parece que no conoce más los recursos de la gracia que están en el Amado. Sin embargo, Él, sólo Él, puede restaurar nuestras almas. Sólo junto a Él hallaremos el oportuno socorro, incluso cuando hayamos faltado. ¿A quién iríamos en caso de habernos extraviado? “He lavado mis pies; ¿cómo los he de ensuciar?”. ¡En qué estado de ceguera ha caído esta pobre dormilona! ¿Acaso uno se ensucia los pies caminando en el sendero de la obediencia y yendo al encuentro del Amado? ¿No es más bien la desobediencia y la satisfacción de nuestra propia voluntad lo que no hace pisar el barro de este mundo? Pero Sus manos, manos santas, son las que pueden lavarnos las manchas contraídas al caminar fuera del sendero que Él nos ha trazado. Este perfecto Siervo, Siervo para siempre, con solicitud nos quiere lavar, desea limpiar nuestros pies con la toalla con que está ceñido para que tengamos parte con Él.

“Mi amado metió su mano por la ventanilla, Y mis entrañas se conmovieron dentro de mí.” (v. 4, JND)

La condición en que se encontraba la amada la volvía incapaz de estar en comunión con el Esposo, de contemplar su rostro y de disfrutar plenamente del gozo que se siente junto a Él. Pero Él, sin embargo, quiere testimoniarle un amor en el cual no hay cambio ni sombra de variación. Para lograrlo, le hace ver su mano por la ventanilla. No puede hacerle ver su rostro, pero sí esa mano potente, lista para socorrerla, protegerla y librarla. Esta mano del Señor se muestra de muchas maneras en nuestra vida de cada día: un impedimento para realizar una cosa que hubiéramos querido, una advertencia, una dificultad, una enfermedad, un accidente. Todo está a disposición del Señor para hacernos comprender que su mano está aquí en actividad. En nuestro texto, la puerta estaba cerrada; a pesar de este impedimento, el Amado encontró un medio para alcanzar el corazón de aquella que es el objeto de su amor. El amor real que estaba en el fondo de este corazón fue despertado, y la conciencia lo va a ser también. La amada se va a levantar, por cierto, pero tendrá que comprobar en primer lugar los resultados de su locura.

“Yo me levanté para abrir a mi amado, Y mis manos gotearon mirra, Y mis dedos mirra, que corría Sobre la manecilla del cerrojo.” (v. 5)

La esposa había caído en el sueño, había perdido su discernimiento espiritual, de manera que ya no hay ninguna comunión, ningún gozo. Hela aquí totalmente ocupada en sí misma. Se halla en un triste estado, lo siente, se levanta, pero no halla al Amado. Entonces deja caer como lágrimas de mirra sobre la manecilla de este cerrojo que está en el interior de la puerta y que rehusó abrir. ¿No había allí motivo para que su corazón se derritiera y le obligara a derramar amargas lágrimas sobre su propia locura? Tenemos que recordar, muy amados cristianos, que dos cosas son inseparables en la vida del creyente: en primer lugar, la gracia infinita de Dios; luego, su gobierno, del cual nadie puede sustraerse y cuyo efecto la amada va a sentir en este momento. Cuando su Amado llamó a la puerta, ella no quiso abrirle; ahora, cuando se decide a abrirle, no lo encuentra.

“Abrí yo a mi amado; Pero mi amado se había ido, había ya pasado; Y tras su hablar salió mi alma.” (v. 6)

Insistamos sobre el hecho de que la obediencia a la voluntad de Dios debe ser inmediata, no bien ella es conocida. El salmista podía decir: “Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos” (Salmo 119:60). Por lo demás, es lo que enseñamos a nuestros niños desde su temprana edad. Aquí la amada tardó en responder a la voz del Esposo cuando éste le pedía que abriese la puerta. Ahora es demasiado tarde; se ha marchado; ha pasado. ¡Pobre sulamita! Cosecha las consecuencias de su pereza y desobediencia. Es más fácil perder nuestra comunión con Dios que recuperarla una vez que nos hallamos lejos de Él.

“Lo busqué, y no lo hallé; Lo llamé, y no me respondió.” (v. 6)

Ella no había contestado a su llamado. Ahora ella lo llama, pero, como justa retribución, Él no le responde. En cierta medida, ella debe experimentar lo que nos enseña el primer capítulo de los Proverbios: “Por cuanto llamé, y no quisisteis oír, extendí mi mano, y no hubo quién atendiese... Entonces me llamarán, y no responderé; me buscarán de mañana, y no me hallarán”. Mientras nuestros caminos no hayan sido juzgados ante Dios, mientras no le hayamos hecho plena confesión de nuestras faltas, es evidente que el Señor no puede hacer brillar sobre nosotros la luz de su faz. Obrar de otra manera, de parte de Dios, sería renegar de su propia gloria y asociarse con el mal. Un padre no puede demostrar su afecto a un hijo desobediente. Pero no se limita a eso la disciplina a la cual es sometida la amada, y ello se debe precisamente a que es amada.

“Me hallaron los guardas que rondan la ciudad; Me golpearon, me hirieron; Me quitaron mi manto de encima los guardas de los muros.” (v. 7)

En el capítulo 3, la pereza de la amada tuvo ciertas consecuencias, pero aquí las hallamos mucho más graves. Su falta no solamente la privó de la comunión con su Amado (lo buscó pero no lo halló), ¡sino que tendrá que sufrir también una dolorosa disciplina: golpes, heridas y vergüenza son las expresiones de la disciplina que se debe ejercer en la Asamblea. Una prueba de ello la tenemos en la primera epístola a los Corintios, en la que el apóstol Pablo reprende a los santos de esa asamblea sobre la conducta relajada de la misma. Por otra parte, el mundo no tiene misericordia para con los creyentes caídos; éstos no deben sino cerrar la boca y sentirse profundamente humillados. El mundo enemigo de Dios no puede sino acusar a Sus hijos... y ellos ¿cómo se justificarán?

Nuevamente hallamos a la amada en la ciudad. ¿Qué tenía que hacer en semejante ambiente? ¿Correr por las calles en la noche, en vez de estar con su Amado lejos del mundo, de su agitación y de su organización? El creyente tiene sus bendiciones en otro lugar; no bien lo abandona, se halla en una falsa posición; no puede ser sino desdichado y no cosecha otra cosa que vergüenza. A pesar de todo, el amor está aquí. Escuchemos el testimonio de la amada:

“Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado, Que le hagáis saber que estoy enferma de amor.” (v. 8)

La amada ha ofendido a Aquel a quien ella ama. ¿Habrá lágrimas más amargas que las que se derraman por haber quebrantado el corazón de aquellos que nos son caros? El mundo menosprecia o ignora estas lágrimas, pero el Señor sabe apreciarlas; aun las de uno de sus rescatados que le haya sido infiel. Él mismo recogió las lágrimas de Pedro “en su redoma”, “las escribió en su libro” (Salmo 56:8).

“¿Qué es tu amado más que otro amado, Oh la más hermosa de todas las mujeres? ¿Qué es tu amado más que otro amado, Que así nos conjuras?” (v. 9)

Por miserable que sea el creyente a causa de sus inconsecuencias, posee, sin embargo, tesoros más preciosos que todo lo que el mundo puede ofrecer. A pesar del pobre estado en el cual se hallaba la sulamita, tan calurosas palabras llaman la atención de aquellas que la rodean y la oyen. Ellas quieren saber más de esta persona de la cual habla con tanto fervor. ¿Qué es más que los otros? ¿Por qué este tan ardiente deseo de verlo y estar con Él? ¿Rinden nuestras palabras un deslumbrante testimonio de la excelencia de Aquel cuyo nombre es ungüento derramado y cuya persona es tan codiciable? ¡Es de desear que aun el recuerdo de nuestras faltas no nos haga dudar de su amor ni por un instante!

A aquellas que la interrogan acerca del Amado, nuestra pobre sulamita va a describírselo con ardor, y de la cabeza a los pies. El amor hacia Él, que rebosa de su corazón, le dicta las imágenes más elocuentes para hacer conocer su belleza. Quiera el Señor abrir nuestros ojos para contemplarle así en todo su esplendor.

“Mi amado es blanco y rojo” (v. 10, JND)

La sulamita va a mencionar en primer lugar la perfecta santidad de su Amado. Es blanco, es la pureza misma, es Aquel que no conoció el pecado, es el único hombre en el cual no se halló jamás la más mínima mancha. Al venir a este mundo lo hizo como el Santo ser concebido por el Espíritu Santo en el seno de la virgen, Aquel de quien la epístola a los Hebreos nos dice: “Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores” (7:26). En un mundo manchado, Él permaneció sin mancha. Pese a codearse con el mal a cada instante, jamás fue contaminado por él.

Ahora bien; Aquel que no conoció pecado, por nosotros fue “hecho pecado” y fue tratado como tal. En ese momento supremo, su sangre se derramó en la cruz para remisión del pecado. De ello nos habla el color rojo, inseparable de su perfecta blancura, de esa sangre de un cordero sin mancha y sin contaminación, por la cual el culpable ha sido purificado de su inmundicia, de tal manera que ese culpable es ahora más blanco que la nieve. ¡Qué amor manifestó el Salvador hacia los suyos!



OTROS ESCRITOS DEL CANTAR DE LOS CANTARES

Otras Escritos sobre Cantar de los Cantares

El "Cantar de los Cantares" de Salomón, ¡el canto por excelencia!, es un poema de amor que cuenta los gozos y penas de dos enamorados, ¡de ti y de Dios!... se juntan y pierden, se buscan y encuentran; y en el proceso tu alma crece en el amor, se transforma, purifica y madura en el amor...

¡Dios está enamorado de ti!... ¡déjate querer!... te quiere tal como eres, con tus borracheras y tus soberbias... pero te quiere demasiado para dejarte tal como estás...

En las biblias viene después del libro de "vanidad de vanidades", porque todo es vanidad debajo del Sol, ¡del Señor!... pero cuando se está en el Sol, la vida se convierte en amor, ¡en el Cantar de los Cantares!.

Algunos rabinos piensan que de los 4 libros de Salomón, "Proverbios" es para rezarlo en el patio exterior del Templo; "Eclesiastés", en el patio interior; el "Cantar", en el lugar Santo; y "Sabiduría" en el Santo de los Santos.

Bosquejo del Libro:

En el capítulo 1, ¡el encuentro!, el Rey de la viña se encuentra con una viñadora humilde, ¡y se enamora de ella!... el Rey es Dios, la viñadora es tu alma... ¡tu!...

En el cap.2, el Rey la lleva a su palacio, y la viñadora se desmaya de amor, ¡tiene un descanso en el Espíritu!... y luego el Rey va a la casa humilde de la viñadora, a pedirle la mano, es un amor puro y honrado, ¡quiere casarse con ella!... ¡Dios casarse contigo!... ¡como para volverse locos!..

En el cap.3, se casan en el Templo

En el cap.4, tienen la luna de miel, y Dios cuenta cómo te ve a ti, con piropos y alegorías maravillosas

El cap.5, relata la "consumación" del matrimonio... y la viñadora ¡pinta a Jesucristo!, con la descripción más bella y poética, solo comparable a la que se hace en Apocalipsis 1, Ezequiel 1 y Daniel 8

En el cap.6, ¡la transformación!, la viñadora, tu alma... se sigue purificando en el jardín del Rey, ¡en su Iglesia!... y el Rey, su esposo, la sigue amando

En el Cap.7, la Sulamita ha "madurado", se transforma completamente en el amor, y se dedica a la "evangelización"... con la descripción más atrevida de la amada, ¡de tu alma misionera y co-rredentora!

El cap.8, es el del "amor... eterno", ¡en el Cielo!; ¡la Segunda Venida de Cristo!... que para cada persona se hace efectiva el día de la "muerte"... con el canto más bello sobre el "amor", "que es fuerte como la muerte"... ¡corre!, ¡ven!... ¡vayamos!...


Interpretaciones del Cantar:
Hay varias, ¡y todas ellas son verdad!.

1- Narra el amor de Salomón con la Sulamita, su primer amor, con la hija del Faraón, o con una mujer de Shulam, la Shulamita.
2- En las sinagogas se canta como las bodas de Yavé con su Pueblo, y formaría una trilogía con los salmos 45 y 72... algunos rabinos prohibieron leerlo antes de los 30 años de edad, pero es uno de los escritos sagrados más edificantes.
3- En el cristianismo, es uno de los cinco rollos de la Pascua, y se ve como las bodas de Cristo con su Iglesia.
4- La interpretación "personal", es que son las bodas de Dios con su alma y la mía, ¡Dios enamorado de usted y de mí!... en su viña, en su rebaño, ¡en su Iglesia!... el amor a Cristo es el más puro, el más fuerte de la pasiones humanas, y necesita por tanto las expresiones más fuertes.
5- Una enseñanza sobre la bondad y dignidad del amor humano de novios y del matrimonio; liberándolo de las ataduras del puritanismo, y de las licencias del erotismo... los judíos cantan el Cantar en las fiestas del matrimonio, a pesar de la prohibición del Rabbí Aquiba.
6- Parte del Cantar son las bodas de amor entre Dios y la Virgen María, de Luc.1, el "jardín cerrado y puro" de 4:13, donde sopló el Espíritu Santo; ¡el modelo de los cristianos!, que fuimos creados para ser "puros e inmaculados" como María (Ef.1:4)
María es la "torre de David... del todo hermosa, amada mía, no hay tacha en ti" (4:4,7); la "torre de marfil" de 7:5... "la que sube como la aurora" de 6:10, "bella como la luna", porque todo lo tiene de Dios, siendo únicamente la sierva del Señor; "brillante como el sol", porque en ella solo brilla Dios, ¡el Sol!; "imponente como un ejército en batalla", porque en el gran conflicto de la vida, es una ayuda poderosa, y modelo para imitar sus virtudes...

Presenta a Jesucristo como nuestro enamorado, en su viña, en su rebaño, ¡en su Iglesia!... los desposorios con su Iglesia.

Autor:
Salomón, al que se menciona 7 veces. La unidad del poema se refleja en las repeticiones de los mismos temas a lo largo del Libro (2:6,7, 3:5, 8:3- 2:16, 6:3, 7:11). Para todo cristiano es "Palabra de Dios".
Los episodios se desarrollan en, al menos, 14 lugares; se refiere a 21 especies de plantas, 15 clases de animales, y tiene 49 palabras que no existen en ningún otro libro de la Biblia.

Personajes del Cantar:
1- El Rey: Al que llama Salomón, pastor, novio, esposo, amado, agraciado, suplicante con el cabello lleno de rocío... en las distintas facetas de Cristo con su Iglesia.
2- La Viñadora: A quien se llama novia, esposa, hermana, hija, amada, pastora, atalaya nocturna, paloma, inmaculada mía, Sulamita (femenino de Salomón, "princesa de la paz") ... en armonía con las distintas relaciones de la Iglesia y Cristo.
3- Coro: Las hijas de Jerusalén, ¡la Iglesia!.
4- La viña, el rebaño, ¡la Iglesia!.
5- Rebaños falsos, ¡iglesias falsas! (1:7).


COMENTARIO:
El Cantar está preñado de simbolismos y alegorías, y cualquier comentario se hace más largo que el original, porque una sentencia, o una sóla palabra, necesitaría páginas para su explicación adecuada...
El Cantar en esencia nos narra nuestros "deseos ardientes" de ver y amar a Dios; porque todos venimos de Dios, vamos a Dios, y nunca estaremos tranquilos hasta que no descansemos en Dios.
Nos relata nuestro encuentro con el Amor, los fallos de la amada, ¡de ti y de mí!; el crecimiento por las pruebas; la consumación del amor, y el desarrollo de ese amor que transforma y vivifica, hasta la unión íntima y perfecta con Dios, que se convierte en ríos de gozo que irradian apostolado...
Nos describe dos cosas:
1- El carácter del "amado", del Señor, todo humildad y amor y poder...
2- Nuestro "carácter", el tuyo y el mío, en las distintas fases de nuestra unión de amor con Dios.

Cap.1: El Encuentro

Ocurre en la Viña, ¡en la Iglesia!: El Rey se encuentra con una viñadora humilde, ¡la cenicienta de sus hermanos!, dirá en el cap.8... ¡y se enamora de ella!... el Rey es Dios; la viñadora eres tu.
"¡Bésame con besos de tu boca!" (1:2):
Sentir un beso de Dios es el deseo más ardiente de toda persona buena o mala, y sobre todo, de la que se llama atea...
Y Dios nos besa a diario, con los besos más bellos, ¡dándonos!: Nos besa dándonos el sol y el aire, y con los pájaros y rosas... haciendo que subsistan nuestros ojos y manos, después de haberlos creado... ¡pero no reconocemos esos besos!... entonces nos besa con amores de su Iglesia, ¡pero tampoco lo sentimos!... y, cuando ya no hay más remedio, nos besa mandándonos pruebas, dolores, ¡son sus besos de más amores!...
Tenemos que corresponder a nuestro amado, ¡dando gracias con gozo por todo y en todo!... y estando largos ratos con El en el Sagrario... ¡todos enamorados quieren estar juntos y solos por tiempo largo!, nada más diciendo ¡te quiero, te amo!... y a veces así, nos besa con inspiraciones, o locuciones, o arrobos místicos, o tirándonos del caballo como a San Pablo...
"Son tus amores más deliciosos que el vino. Tu nombre ¡el de Jesús!, es un perfume, por eso te aman las doncellas, ¡los humildes! (1:3).
"¡Arrástranos tras de ti, corramos! (1:4): El amor siempre empieza con Dios, El es quien tiene que arrastranos, ¡y El nunca falla!... ¡pero nosotros tenemos que "correr" tras de El... y nos introducirá en sus cámaras de amor, y nos gozaremos...
"Soy morena, pero hermosa..." (1:5-6):
Así se ve la viñadora, morena a los ojos del mundo, pero hermosa a los ojos de Dios... y ni siquiera es viñadora, ¡es un espanta pájaros!, "me pusieron a guardar la viña", que es el oficio que hacían los débiles, no era fuerte suficiente como para vendimiar...
"Dime, amado, donde pastoreas" (1:7): La viñadora quiere estar segura cual es el rebaño del amado, ¡porque hay otros falsos!, y teme poder extraviarse en iglesias falsas de sus compañeros...
"Sigue las huellas del rebaño" (1:8-11):
El amado le contesta que su rebaño tiene más de 2.000 años, ¡sigue sus huellas!, ésa Iglesia apostólica, ¡a misma de Pedro y Pablo!... ¡y dedícate tu también a ser "pastor"!, cuidando los cabritos más extraviados... y te haremos "pendientes de oro", símbolo de la divinidad, "con sartas de plata", símbolo de la pureza... ¡divina y pura!...
"El rey en su lecho" (1:12-17): ¡Y viene otro diálogo de amor!; "el rey en su lecho", ¡en la Cruz hace 2.000 años!; ¡en la Eucaristía¡, ahora mismo... "y mi nardo exhala su aroma", su dolor y humildad... "es mi amado para mí bolsita de mirra que descansa entre mis pechos", ¡el tesoro de dolor y humildad!, que descansa en lo más entrañable de mi ser... "y es C,]CK de alheña", el racimo de flores más bellas que se ponía la mujer por fuera en el pecho, esas flores de alheña que abundan en el valle de Engandí... porque por dentro es "bolsita de mirra", pero también lo tengo por fuera, llevando mi crucifijo o medalla, ¡dándole gracias!, y dando al mundo mi humilde testimonio del amor a mi amado... ¡y el amado se complace!, "¡qué hermosa eres, amada mía!, "tus ojos son palomas", que reflejan candor y sumisión...
... Y la amada se siente en el ombligo del mundo, ¡en la Iglesia!, en su hogar, que es el universo, donde "el lecho es verde hierva", suave y que alienta; las vigas de su hogar son de "cedro", imponentes; y el techo de "cipreses", ¡peremnes!...

Cap.2- Descanso en el Espíritu: Bautismo y Confesión

Este capítulo se desarrolla en dos lugares: 1- El amado lleva a la amada a la "sala de banquetes" de su palacio, ¡al Templo!, y ahí la amada "desfallece de amor" (2:3), ¡tiene un descanso en el Espíritu!, en las aguas del Bautismo... y hay que confortarle con "pasas", con la fuerza dulce y nutritiva de los Sacramentos... y reanimarla con "manzanas amargas", con la fruta del dolor y de la cruz... y el amado pone "su izquierda sobre su cabeza", para protegerla, que no se golpee en las caídas en el Espíritu, para que no se deje llevar por el orgullo o la ambición; y "con su mano derecha, el amado la abraza", la anima en los dolores de la vida, ¡ahí está la Iglesia!, para abrazarnos y consolarnos...
2- Después el amado va a la casa de la amada... es un amor honesto, ¡casarse con ella!... llega por los montes y collados, pasando todos los problemas y defectos de la amada... y al llegar a la casa, tiene que pasar los "muros" del orgullo, y las "ventanas" de la vanidad, y las "rejas" del egoísmo... (8-9).
Ya ha habido el "encuentro", ¡el Bautismo!, ha pasado el invierno... ¡pero la amada tiene que salir ahora de su casa!, "de las hendiduras de las rocas" ¡del pecado!... ahora hay que cazar las "raposas", los pecados grandes que comen las uvas de la viña; y las "raposillas", los pecadillos, que se comen las raíces de la vid y la destrozan por completo... (2:10-15)... ¡en el Sacramento de la Confesión!.
Y la amada errumpe en el grito de amor: "Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado" (2:16)... es un amor grande, pero todavía egoísta, porque el "yo" está en el centro... después, con más pruebas, se purificará, y convertirá en "yo soy para mi amado, y mi amado para mí", en 6:3, donde el amado es lo central... pero todavía no es perfecto, porque el amado tiene que ser el centro, y además el todo... y así, después de otras pruebas y purificaciones, se convertirá en el final "yo soy para mi amado, y sus deseos son míos", en 7:11...

Cap.3- La Boda- Eucaristía:

Otras dos cosas importantes:
1- La amada es infiel... y el amado desaparece... y la amada lo busca en la "ciudad", que entonces era Jerusalén, y no lo encuentra en el Templo ni en cosas sagradas, ni en ejercicios espirituales... lo busca en las "calles", entre la gente, en los trabajos y poderes... y luego lo buscó en las "plazas", entre negocios y ferias y riquezas, ¡y tampoco lo halló!... y finalmente lo encuentra cuando menos lo esperaba, ¡después de hablar con los centinelas!... cuando pierdas al Señor, ¡búscalo!, que lo vas a encontrar, o mas bien, El te va a encontrar a ti, porque "el que busca, halla" (Mat.7:7... y lo agarra, y lo introduce en la "casa de su madre, en la alcoba que la engendró", ¡en su Iglesia!... y ahí tiene otro "descanso en el Espíritu", y Jesús le ordena a su Iglesia, "a las hijas de Jerusalén", que no despierten a su amada, hasta que a ella le plazca" (3:5).
2- Ahora viene el amado, del "desierto", de hacer oración y penitencia... y viene bien engalanado, ¡es la carroza de Salomón!, para celebrar sus bodas, "el día de la alegría de su corazón", ¡en la Sagrada Comunión!... y viene con mil y un símbolos de amor:
La "columna de humo", es la misma del desierto por 40 años, para guiar al Pueblo; el "vapor de mirra" señala el sufrimiento y la Cruz de Cristo, ¡la base de todo lo nuestro!; el "vapor de incienso" señala la resurrección del Señor, con todos los "perfumes exquisitos" de la vida nueva que nos da, llena del amor y paz...
... La carroza está hecha de "madera", ¡es la humanidad de Cristo!; con las "columnas de plata", señalando su pureza; "el respaldo de oro", indica su divinidad; y el "asiento de púrpura", símbolo de su realeza y majestad...
...Esta carroza tan bella, ¡es tu alma y la mía!, tu y yo somos los sagrarios de Cristo, los Templos de Dios, del Espíritu... (Jn.14:23, 1Cor.3:16)
... Y viene con la "corona de bodas" que le dio su madre, ¡la Iglesia!; no con la corona de espinas de la crucifixión, sino con la corona de amor de la Iglesia, adornada con las esmeraldas de nuestro arrepentimiento y penitencias, y con los diamantes de nuestra evangelización, como dice Pablo en Fil.4:1...

Cap.4- La Luna de Miel: Cómo Dios nos ve:

Después de la Eucaristía, en la Luna de Miel, todo son los elogios del Señor a la amada...
Describe cómo Dios nos ve a ti y a mí; y nos ve ¡como a otro Cristo!, porque somos el Cuerpo Místico de Cristo:
Dos veces repite que nos ve muy hermosos, ¡amada mía!, nos llama, como le dijo a Jesús en su Bautismo (Mat.3:16-17).
Tus "ojos" son "palomas", con el candor y pureza del Espíritu... y están "velados", sólo los ven Dios y el diablo...
Tus "cabellos", "rebañitos de cabras", sumiso y obediente (1Cor.11:3-11)... pero en "rebañitos", formando Iglesia... "por los montes de Galaad", en el mundo, brillando entre ateos y tinieblas...
Tus "dientes", indican la capacidad de masticar, de apropiarse de la Palabra de Dios, y del Pan de Vida... "en rebaño de ovejas", ¡otra vez rebaño!, formando Iglesia, ¡y ahora como ovejas!, las más inocentes, las menos potentes... no son de tigre fuerte... pero "todas con sus crías mellizas", formando iglesitas, "sin que haya entre ellas estériles".
Tus "labios", son "cintillo de grana", suaves, cariñosos, hermosos, que hablan poco ... "y tu hablar agradable", recatado, hablando bien de todos... reza, predica, evangeliza, no anda en bochinches ni habladurías...
Tus "mejillas", lo primero que se nota, son símbolo de humildad y sumisión... y las ve "como dos mitades de granada" , rosadas, con muchas semillas de dulzura, sabrosas, y como los ojos, "están veladas", para evitar la gran tentación del redimido, la vanagloria; por eso el mundo no las va a reconocer ni alabar, ¡pero las reconocen el Rey y el buen cristiano!.
Tu "cuello": El cuello representa la voluntad, y el de la amada es esbelto, "cual torre de David", fuerte, con propósito firme de hacer la voluntad de Dios. Además, la torre de David se usaba para defender la Ciudad Santa, así es que también ve en ti la defensa de la Iglesia, de otros cristianos... la Iglesia siempre ha saludado a la Virgen María como la "Torre de David" por excelencia... ¡y cada hijo se parece a su madre!... los "mil escudos que penden de los trofeos en el cuello", son las mil virtudes del alma humilde que se entrega al servicio de Dios, en la Iglesia de Cristo, sirviendo a los hermanos.
El "pecho" en los tiempos bíblicos era considerado el asiento de las emociones. Así la coraza del Sumo Pontífice estaba hecha de dos partes, el "purím" y el "tummim", que significan "luces" y "perfección, "fe" y "amor"... los "dos pechos" de la amada son "mellizos", porque no puede hber verdadera fe sin amor, ni amor sin verdadera fe, ¡son iguales!... y a la fe y el amor, corresponden al "amor a Dios" y "amor al prójimo"; tienen que ser también mellizos, iguales, porque quien ama a Dios, ama al prójimo también, a la criatura de Dios, y quien no ama al prójimo, a quien ve, tampoco ama a Dios, a quien no ve (1Jn.4:20)... son de "gacela", un animal delicado, tímido, esquivoso, rápido; así son la fe y el amor, deben guardarse con mucha cautela... "y pacen entre los lirios"; de nuevo la idea de "pacer", de rebaño, ¡y entre los lirios!, se alientan y viven de flores sencillas, pero muy bellas, de la humildad, obediencia, fidelidad... porque el lirio era la flor más sencilla de los valles, ¡y muy bella!.
Después de estos 7 rasgos de la amada, ¡de ti y de mí!, siguen mil alegorías y piropos: En 4:6 dice que antes de que pase el fervor de la Eucaristía, "ireme al monte de la mirra y al collado del incienso", ¡a los montes del calvario y de la resurrección!, para seguir cada día muriendo a sí misma, y llenarse más del Señor quien vive en su corazón... el Calvario lo vive cada día en el Santo Sacrificio de la Misa, y sufriendo por los hermanos; y la resurrección la vive sirviendo al vecino, que es Cristo.
En 4:7, ve a la amada, a ti y a mí, como a la Virgen María, "eres del todo hermosa, amada mía, no hay tacha en ti"... terminará proclamándonos como a la Virgen, "jardín cerrado", "jardín cercado", "fuente sellada", "fuente de jardín", "pozo de aguas vivas" (4:13-15)... y nos llamará varias veces "esposa" y "hermana", porque nos ama con amor grande y puro...
Al final, después de tantos piropos, la amada invita al amado a que entre a su corazón... (4:16).

Cap.5- Consumación- Fallo-Cómo es Cristo

El amado entra en "su jardín", en la amada, esposa y hermana, ¡en ti y en mí!.
Pero la amada le falla otra vez al amado; y ahora el amado está implorando, diciéndole a la amada que la espera cada día en la Eucaristía para llenarla de vida, y nos lo dice en una de las formas más bellas y poéticas de la Biblia, en 5:2: "¡Abreme, hermana mía, amada mía, paloma mía, inmaculada mía¡, que mi cabeza está cubierta de rocío, y mis cabellos de la escarcha de la noche de tanto esperar"... ¡Dios esperando por ti y por mí, cada día, en la Eucaristía!... nos lo dice con piropos que parece se pudieran aplicar sólo a la Virgen María, ¡amada mía, inmaculada mía!... ¡porque así nos ve Dios a ti y a mí en Cristo... y tu y yo, sin ir a recibirlo... o yendo a recibirlo "sin discernir", como si fuera sólo un símbolo, o como si valiera menos que un millón de dólares... ¡Abreme, amada mía!... ¡es Dios quien nos está implorando!... (Jn.6:53, 1Cor.11:29-30).
Pero en 5:3-6, la amada le pone disculpas, ¡no tengo tiempo!... ¡y no va!... ¿verdad que irías cada día a recibir un millón de dólares?, ¿que sacarías tiempo para ir?... pues, por favor, ¡no digas más que no vas a la Misa cada día porque no tienes tiempo!...
Cuando la amada decidió ir, ¡el amado ya no estaba allí!, en 5:6... ¡y otra vez a "buscarlo"... y cuando le preguntaron por el amado, nos da una de las descripciones más bellas y poéticas de cómo es Jesucristo, ¡Nos pinta a Cristo! en 5:10-16:
"Mi amado es fresco y colorado, se distingue entre millares": es el aspecto general de salud perfecta y agradable, como se describe a David (que significa "amado") en 1Sam.15:12... un aspecto de eterna juventud, vibrando con la plenitud de vida y poder... "el más hermoso de los hijos de los hombres", dice el Sal.45:3, ¡completamente hombre!, y es inconfundible, sobresaliendo entre millares, por su carácter puro, sin asomo de pecado...
Su "cabeza", "es oro puro", símbolo de la divinidad, ¡porque es Dios! (Jn.1:1-3).
Su "cabello", es de "rizos", señal de su realeza; "racimos de dátiles", indicando su dulzura... ¡y en racimos!, porque quiere llevar a todos al Padre... ¡nos salvamos en racimo, o nos condenamos en racimo!... si tu eres bueno, vas a ayudar a muchos a ir al cielo... si eres malo, ¡hasta a tus hijos vas a ayudar a ir al infierno!... y son "negros", sin ninguna cana, símbolo de su eterna juventud... "como el cuervo", con poder y majestad.
Sus "ojos", los mismos que miraron a Pedro y a Judas y a Zaqueo... son "palomas", irradiando la dulzura y candidez del Espíritu Santo... "posadas al borde de las aguas", ¡su mirada llena de gracias!... "se han bañado de leche", de la pureza del amor, que comunica a quien mira... "y descansan a la orilla del arroyo", dan salud y salvación, como cuando miró a Pedro o a la samaritana; como quiso hacer cuando miró a Judas... ¡y muchos Judas hoy día tampoco se dejan bañar de tanto amor!...
Sus "mejillas", las mismas que fueron escupidas... y besadas por Judas... ahora "son jardín de balsameras", avalancha de ungüentos curativos y de salvación a quien las mira con devoción; "teso de plantas aromáticas" que dan paz y consolación y amor y comprensión...
Sus "labios", los mismos que impartieron tantas bendiciones y sanaciones, "son dos lirios", sencillos, humildes, que imparten aromas deliciosos de eangelización y amor... "que destilan exquisita mirra", ¡la salvación que da su sufrimiento en la cruz, por amor!.
Sus "manos", las mismas que tocaron al leproso, "son anillos de oro", porque son divinas; "guarnecidas de piedras de Tarsis", porque solo saben acariciar, ayudar, sanar...
Su "vientre", "es una masa de marfil, cuajada de zafiros"... es impresionante esta alegoría: Soberano y fino, como el marfil, pero lleno de zafiros de sangre y de dolor, por su flagelación y crucifixión... ¡es el Cordero de Dios!, en pie, como degollado de Apocalipsis 5:6.
Sus "piernas", las mismas que fueron en busca de pecadores, "son columnas de alabastro", firmes, seguras, hechas de alabastro, como las del Templo, porque ¡son las del Templo!.
Su "aspecto", "es como el Líbano", imponente, majestuoso... "gallardo como el cedro", distinguido, eterno... ¡el mismo ayer y hoy y por siempre! (Hech.13:8).
Su "garganta", la misma que glorificó al Padre, la que gritó la resurrección de Lázaro, "es todo suavidad", siempre dando palabras dulces de consolación, de sanación, de salvación...
Y, "ese es mi amado", proclama la amada, "todo un encanto"... "ese es mi amigo"... amado y amigo... ¡yo suyo y El mío!... aunque parezca que por el momento lo he perdido... ¡mi amado, mi amigo!...

Cap.6- Transformación:

Después de las pruebas de amor y de la Eucaristía, la esposa se ha "transformado": En 2:16 clamaba, "mi amado es para mí y yo soy para mi amado", donde ella era lo central... ahora en 6:3 exclama "yo soy para mi amado y mi amado es para mí", donde el amado es el centro...
... Y el amado estalla en la segunda caracterización amorosa de la esposa, ¡de ti y de mí!, en en 6:4-9, describiendo sus ojos, cabellos, dientes... y proclamándola como si fuera la Virgen María, "es única mi paloma, mi inmaculada, la única hija de su madre (de la Iglesia)"... y esto somos tu y yo, estamos llegando a ser lo que planeó Dios para nosotros en Efe.1:4, "puros e inmaculados", pareciéndonos a nuestra Mamá María, como todo hijo que se parece a su madre...
Y en 6:10, la identificación con María es todavía más explosiva; y ahora es el Coro, ¡la Iglesia!, que clama dirigiéndose a la esposa, a ti y a mí: "¿Quien es esta que se levanta como la aurora, hermosa como la luna, brillante como el sol, imponente como un ejército en batalla?" (ver pag. 115).

Cap.7- Madurez- Evangelizadora:

En 7:1 se llama dos veces a la amada, "Sulamita", el femenino de Salomón, que quiere decir "príncipe de la paz", porque la amada se ha convertido en una mensajera de la paz de Cristo; en una evangelizadora, misionera, ¡en co- rredentora!, ayudando a otros a salvarse, a ir al Cielo... ¡es el estado de madurez!.
Y ahora es el Coro, ¡la Iglesia! quien estalla en la tercera caracterización de la Sulamita, en 7:2-7; la más dramática y aparentemente erótica; pero son figuras y alegorías preciosas para proclamar la belleza del misionero o evangelizador, del que ayuda a sus familia y vecinos a ir al Cielo ¡es el estado de madurez espiritual!:
Tus "pies": "¡Qué bellos son tus pies con las sandalias, hija de príncipe!" (7:2): Empieza ahora por los "pies", que, como en2 Ef.6:15 y Is.52:7, es la figura de "estar prontos para anunciar el evangelio de la paz"... con las "sandalias" puestas, siempre lista para evangelizar... y es "hija de príncipe", ¡nacida de Dios!, engendrada por obra del Espíritu de Amor, ¡como la Virgen María!.
Tus "caderas"... "el contorno de tus caderas es una joya, obra de manos de orfebre" (7:2): Las "caderas" son figura de la firmeza y fuerza en la evangelización... y son preciosas, ¡una joya!, obra del "orfebre", ¡obra de Dios!, porque toda fuerza espiritual viene sólo de Dios.
"Tu "ombligo" es una ánfora en que no falta el vino; tu "vientre", acervo de trigo, rodeado de azucenas" (7:3): La Sulamita, ¡tu y yo!, está llena de vino y repleta de trigo, del vino y pan de la Eucaristía, para llevar almas al Sagrario, y llevar a Cristo a las almas, ¡es lo más íntimo y bello!... y están rodeados de "azucenas", de humildad, de amor, de gozo, de paz...
Tus "senos", en 7:4, como en 4:5, son "mellizos", con la "fe" y "amor" igualitos, gemelos; con el "amor a Dios" igual al "amor al prójimo"... y aquí no solo están paciendo en la azucena de la Eucaristía, como en 4:5, sino que amamantan a los vecinos; dan comida y vida al amigo...
"Tu "cuello", torre de marfil" (7:5): ¡Como el de la Virgen María!, esbelto, bello, firme, ¡y listo para el sufrimiento!, porque el "marfil" es figura de sufrir; distinto de la "torre de David" de 4:4.
Tus "ojos", en 7:5, son "dos piscinas de Hesebón", bien claras y limpias, que reflejan el amor de Dios... y "junto a la puerta de Bat-Rabin", ¡donde hay mucha gente!, que se va a llenar del Señor...
Tu "nariz", de 7:5, es figura del sentido del olfato, de distinguir lo bueno de lo malo, ¡el don de discernimiento! (1Cor.12:10)... y son como "la torre del Líbano", colocados bien altos para distinguir bien, y "mirando siempre hacia Damasco", a la voluntad de Dios, a los planes del Señor...
... Y el esposo, el Señor, está enamorado de la Sulamita, a la que con amor y respeto la llama "amada", e "hija", en 7:7, ¡porque lo es!... y explota en una de las expresiones más bellas de la Eucaristía, donde el alma no asimila al Señor, sino el Señor al alma... es la segunda "consumación" del matrimonio en la luna de miel; la primera fue en 5:1; aquí, en 7:9, hasta se erizan los pelos de tanto amor, tan humanamente expresado... ¡es Jesús!, quien dice a la Sulamita, ¡a ti y a mí!: "Yo me dije: Voy a subir a la palmera, a tomar sus racimos; sean tus pechos racimos para mí. El perfume de tu aliento es como el de las manzanas"... tu "palabra", ¡la palabra de evangelización!, "es vino generoso a mi paladar, que se desliza suavemente entre labios y dientes" (7:10).
... Y la Sulamita, después de esta última "consumación", proclama la madurez de su espíritu: Ella ya no es el centro del amor, como en 2:16, ¡es el amado!, como en 6:3... y ahora, en la madurez, el amado no solo es el "centro", sino que es el "todo", "yo soy para mi amado, y sus deseos son los míos" (7:11)... y se va con el amado "a la viña", a ver como están brotando las obras de apostolado... "y ya se entreabren las flores y florecen los granados, y dan su aroma los madrigales", se convierten los buenos, los que parecían malos y rojos, y hasta los ateos escabrosos... "y allí te daré mis amores", le dice la Sulamita al amado (7:12-14).

Cap.8- "Amor"... "eterno":

Los primeros 7 capítulos del Cantar eran para cantarlos en los 7 días de fiestas de boda... el 8, el más bello y difícil, para cantarlo cada día...
En los versos 1-2, la amada, aunque madura, ansía por la "unión total", y la "visión total"; todavía está atada por la "carne"... aunque el hombre interior crece de día en día, la carne decae de día en día, y, como todo en la creación, "también nosotros gemimos suspirando por la redención de nuestro cuerpo" (Ro.8:22-23).
Redención total que sólo será alcanzada el día de la "muerte" de la carne, y entonces comenzará la luna de miel eterna con el Cordero...
A éso es a lo que aspira la amada, deseando ser hermana del amado, amamantado por los pechos de la misma madre, ¡por la misma Iglesia del Cielo, ya en visión!...
... Y así "¡besar al amado!": Comienza el Libro con la amada diciendo al amado que "la bese con los besos de su boca"... ahora es la amada quien ansía besar al amado, ¡a Dios!, e introducirlo en su corazón, en la "casa de su madre", en la Iglesia en el Cielo, en visión eterna de amor...
En los versos 3-4, se repite la misma escena del primer "descanso en el Espíritu" de 2:6-7: El amado la protege con su brazo izquierdo bajo su cabeza y la abraza con su brazo derecho... ¡y la deja que descanse!... tiene que seguir muriendo cada día, ¡hasta la muerte final de verdad!... y, hasta entonces, el amado le ordena a las hijas de Jerusalén, ¡a la Iglesia!, que se cuiden de la amada, que no la despierten ni la inquieten...
"¿Quien es esta que sube del desierto, apoyada sobre el amado?" (8:5): Así se pregunta la Iglesia en la tierra... ¡es la amada!, que parecía nadie, y que el amado la ha despertado del sueño de esta vida y la está llevando, en el rapto glorioso, a la dicha infinita... (8:5).


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MARIAM Comentario por MARIAM el agosto 30, 2009 a las 4:15pm
El misterio que Dios esconde en los amores entre esposo y esposa, y que presenta como figura en este divino Poema, no ha sido penetrado todavía en forma que permita explicar satisfactoriamente el sentido propio de todos sus detalles. El breve libro es sin duda el más hondo arcano de la Biblia, más aún que el Apocalipsis, pues en éste, cuyo nombre significa revelación, se nos comunica abiertamente que el asunto central de su profecía es la Parusía de Cristo y los acontecimientos que acompañarán aquel supremo día del Señor en que El se nos revelará para que lo veamos "cara a cara".

Aquí, en cambio, se trata de una gran Parábola o alegoría en la cual, excluida como se debe la interpretación mal llamada histórica, que quisiera ver en ella un epitalamio vulgar y sensual, aplicándolo a Salomón y la princesa de Egipto, no tenemos casi referencias concretas, salvo alguna (cf. 6, 4 y nota), que permite con bastante firmeza ver en la Amada a Israel, esposa de Yahveh.

Después de mucho meditar, he llegado a la conclusión de que es forzoso ser muy parco en afirmaciones con respecto al Cantar. Porque no está al alcance del hombre explicar los misterios que Dios no ha aclarado aún a la Iglesia, y sería vano estrujar el entendimiento para querer penetrar, a fuerza de inteligencia pura, lo que Dios se complace en revelar a los pequeños. Sería, en cambio, tremenda responsabilidad delante de El, aseverar como verdades reveladas lo que no fuese sino producto de nuestra imaginación o de nuestro deseo, como lo hicieron esos falsos profetas tantas veces fustigados por Jeremías y otros videntes de Dios.

El criterio expuesto así, a la luz de la misma Escritura, nos muestra desde luego que, si es hermoso aplicar a la Virgen María, como hace la liturgia, los elogios más hermosos que recibe la Esposa del Cantar, pues, que ciertamente nadie pudo ni podrá merecerlos más que Aquélla a quien el Angel declaró bendita entre las mujeres, no es menos cierto que hemos de evitar la tentación de generalizar y ver en María a la protagonista del Cántico, incluso en aquella incidencia del cap. 5 en que la Esposa rehusa abrir la puerta al Esposo por no ensuciarse los pies. Semejante infidelidad jamás podría atribuirse a la Virgen Inmaculada, ni aun cuando en esa escena se tratase de un sueño, como algunos interpretan. Basta recordar la actitud de María ante la Anunciación del Angel, en la cual, si bien Ella afirma su voto de virginidad, en manera alguna cierra la puerta a la Encarnación del Verbo; antes por el contrario, Cristo, lejos de sentirse rechazado como el Esposo del Cantar, realiza el estupendo prodigio de penetrar virginalmente en el huerto cerrado del seno maternal. Y es por igual razón que esa falla de la Esposa no puede atribuirse tampoco a la Iglesia cristiana como esposa del Cordero, así como también resultan inaplicables a ella los caracteres de esposa repudiada y perdonada, con que los profetas señalan repetidamente a Israel (Is. 54, 1 y nota).

El Sumo Pontífice Pío XII, en su importantísima Encíclica "Divino Afflante Spiritu", sobre los estudios bíblicos alude expresamente a las dificultades de interpretación que dejamos planteadas, al decir que "no pocas cosas... apenas fueron explicadas por los expositores de los pasados siglos"; que "entre las muchas cosas que se proponen en los Libros sagrados, legales, históricos, sapienciales y proféticos, sólo muy pocas hay cuyo sentido haya sido declarado por la autoridad de la Iglesia, y no son muchas más aquellas en las que sea unánime la sentencia de los Santos Padres" y que "si la deseada solución se retarda por largo tiempo, y el éxito feliz no nos sonríe a nosotros, sino que acaso se relega a que lo alcancen los venideros, nadie por eso se incomode... siendo así que a veces se trata de cosas oscuras y demasiado lejanamente remotas de nuestros tiempos y de nuestra experiencia".

A pesar de nuestra ignorancia actual para fijar con certeza el sentido propio de todos sus detalles, el divino poema nos es de utilidad sin límites para nuestra vida espiritual, pues nos lleva a creer en el más precioso y santificador de los dogmas: el amor que Dios nos tiene, según esa inmensa verdad sobrenatural que expresó, a manera de testamento espiritual, el Beato Pedro Julián Eymard: "La fe en el amor de Dios es la que hace amar a Dios".

No puede haber la menor duda de que sea lícito a cada alma creyente recoger para sí misma las encendidas palabras de amor que el Esposo dirige a la Esposa. El Cantar es, en tal sentido, una celestial maravilla para hacernos descubrir y llevarnos a lo que más nos interesa, es decir, a creer en el amor con que somos amados. El que es capaz de hacerse bastante pequeño para aceptar, como dicho a sí mismo por Jesús, lo que el Amado dice a la Amada, siente la necesidad de responderle a El con palabras de amor, y de fe, y de entrega ansiosa, que la Amada dirige al amado. Felices aquellos que exploten este sublime instrumento, que es a un tiempo poético y profético, como los Salmos de David, y en el cual se juntan, de un modo casi sensible, la belleza y la piedad, el amor y la esperanza, la felicidad y la santidad. ¡Y felices también nosotros si conseguimos darlo en forma que pueda ser de veras aprovechado por las almas!

El título "Cantar de los Cantares" (en hebreo Schir Haschirim) equivale, en el lenguaje bíblico, a un superlativo como "vanidad de vanidades" (Eclesiastés 1, 2), Rey de Reyes y Señor de Señores" (Apoc. 19, 16), etc., y quiere decir que esta canción es superior a todas. "El Alto Canto" se le llama en alemán; en italiano "La Cántica" por antonomasia, etc. Efectivamente el "Cantar de los Cantares" ha ocupado y sigue ocupando el primer lugar en la literatura mística de todos los siglos.

De esta manera de entender el Cantar según lo propone Vaccari no se opone en modo alguno al aprovechamiento de su riquísima doctrina mística, pues nada más congruente que aplicar las relaciones de Yahvé con su esposa Israel, a las de su Hijo Jesús, espejo perfectísimo del Padre (Hebr. 1, 3), con la Iglesia que El fundó, y con cada una de las almas que la forman, en su peregrinación actual en busca del Esposo (cf. 4, 7; 3, 3; 5, 6 y notas); en la misteriosa unión anticipada de la vida eucarística (cf. 2, 6 y nota); y finalmente en su bienaventurada esperanza (cf. 1, 1; 8, 13 s. y notas; Tito 2, 13), cuya realización anhela ella desde el principio con un suspiro que no es sino el que repetimos cada día en el Padre Nuestro enseñado por el mismo Cristo: "Adveniat Regnum tuum", y el que los primeros cristianos exhalaban en su oración que desde el siglo primero nos ha conservado la "Didajé" o "Doctrina de los doce Apóstoles": "Así como este pan fraccionado estuvo disperso sobre las colinas y fue recogido para formar un todo, así también, de todos los confines de la tierra, sea tu Iglesia reunida para el Reino tuyo... líbrala de todo mal, consúmala en tu caridad, y de los cuatro vientos reúnela, santificada, en tu reino que para ella preparaste, porque tuyo es el poder y la gloria en los siglos.... ¡Venga la gracia!... ¡Pase este mundo!... ¡Hosanna al Hijo de David!... Acérquese el que sea santo; arrepiéntase el que no lo sea... Maranatha (Ven Señor)... Amén"...

Con amor, Mariam......
Mª Dolores (Lola) Comentario por Mª Dolores (Lola) el agosto 29, 2009 a las 9:47pm
Queridos hermanos: Gracias por vuestra invitación, a través de la que habéis conseguido retome de nuevo el Cantar de los Cantares, ya que siempe me ha gustado mucho, ayudandome a hablar con Dios como el amor de mi alma.
Paz y Bien en el amor de María,
Lola
 

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